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Los trastornos de la infancia y adolescencia son como el eco de las experiencias traumáticas, resonando en el desarrollo de por vida.

Thomas H. Ollendick, 2012


Introducción

En el intrincado tejido del desarrollo humano, la infancia y la adolescencia emergen como etapas cruciales, moldeando el curso de la vida futura. En este viaje tumultuoso, algunos jóvenes enfrentan desafíos que trascienden la experiencia común, manifestándose en lo que expertos como Thomas H. Ollendick describen como «el eco de experiencias traumáticas». Este reconocido psicólogo, en su obra publicada en 2012, arroja luz sobre los trastornos que afectan a la juventud, desencadenando interrogantes cruciales sobre la salud mental y el bienestar de las generaciones en formación.

En este blog, nos sumergiremos en el fascinante y, a veces, desafiante mundo de los trastornos de la infancia y adolescencia. Exploraremos las complejidades de condiciones como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la depresión juvenil, la ansiedad, y otros desafíos que delinean el paisaje emocional de la juventud contemporánea.

A lo largo de nuestras reflexiones, buscaremos destilar la esencia de las investigaciones actuales y las prácticas clínicas para proporcionar una comprensión más profunda de estos trastornos. Priorizando la empatía y la comprensión, este espacio busca ser un faro de conocimiento, ofreciendo recursos y perspectivas que promuevan la conciencia y la acción. Desde estrategias de afrontamiento hasta enfoques terapéuticos innovadores, abordaremos el panorama completo de los trastornos de la infancia y adolescencia, con la esperanza de fomentar un diálogo informado y constructivo.


Evaluación de los trastornos de la infancia

La evaluación psicológica con niños y adolescentes requiere una consideración meticulosa de diversas dimensiones, subrayando la importancia de múltiples fuentes de información. Thomas H. Ollendick, reconocido psicólogo, advierte sobre la necesidad de comprender los trastornos en la juventud como «el eco de experiencias traumáticas» (2012). En este proceso, se destaca la relevancia de tener en cuenta el momento evolutivo del menor para ajustar la evaluación a sus capacidades y preferencias, así como prestar atención al contexto, especialmente el social.

La entrevista inicial con los padres proporciona información crucial sobre el funcionamiento, historia y desarrollo del niño. Los padres son considerados elementos clave en el origen y mantenimiento de los problemas, abordando aspectos como pautas de crianza, actitudes y creencias. Sin embargo, la evaluación directa con los niños y adolescentes es esencial, utilizando observación y herramientas psicométricas.

La evaluación de trastornos infantiles implica la consideración de factores biológicos, requiriendo datos objetivos y psicométricos. Se destaca la importancia de evaluar el nivel intelectual, utilizando pruebas como las Escalas de inteligencia Weschsler. Además, se menciona la necesidad de describir con precisión el problema, identificando conductas, pensamientos y emociones, así como el contexto en el que se manifiestan.

Se hace hincapié en la relevancia de evaluar el entorno familiar, reconociendo que el problema no es solo del niño, sino de la familia. La observación en el ambiente natural y la consideración de múltiples informadores, como padres y profesores, se resaltan como estrategias cruciales. Instrumentos específicos, como el Inventario de síntomas para niños y adolescentes Stony Brook, se proponen para evaluar diferentes dimensiones.


Trastornos del aprendizaje

En el ámbito de los trastornos del aprendizaje, el DSM-5 ha consolidado varios trastornos específicos del DSM-IV en un único diagnóstico que incluye especificadores según el tipo de dificultad manifestada por el menor, ya sea en lectura, matemáticas o expresión escrita. Para abordar esta evaluación, es imperativo considerar el desarrollo evolutivo del niño y detectar posibles déficits auditivos o visuales. Asimismo, se resalta la importancia de evaluar el entorno familiar y escolar, reconociendo su influencia en la capacidad de aprendizaje.

La descripción precisa de las dificultades del menor se convierte en un aspecto fundamental, para lo cual la colaboración del personal educativo es invaluable, proporcionando información sobre atención, concentración, velocidad de ejecución de tareas, comportamiento en el aula y rendimiento en diversas materias. La evaluación directa del niño debe abarcar diversas habilidades, como capacidades visomotoras y de memoria, necesarias para la adquisición de destrezas académicas. Además, la administración de pruebas de inteligencia se considera esencial para descartar discapacidad intelectual y obtener un perfil de rendimiento en distintas tareas.

Entre los instrumentos utilizados en la evaluación de los trastornos del aprendizaje, se encuentran:

  • TALE (Toro y Cervera, 1980): Evalúa lectura y escritura, abarcando desde la lectura de letras hasta la comprensión lectora.
  • PROLEC (Cuetos, Rodríguez y Ruano, 1996): Evalúa la capacidad lectora global, comprensión y procesos semánticos y sintácticos.
  • Test gestáltico viso-motor de Bender (Bender, 1938): Evalúa la percepción visual y visomotora, proporcionando indicadores de disfunción cerebral.
  • Test de nominación de Boston (Goodglass y Kaplan, 1974): Evalúa la capacidad de nominación a través de láminas con dibujos.
  • Test de rendimiento escolar (Stein, 1992): Evalúa habilidades aritméticas.

Es crucial destacar que el diagnóstico de dificultades de aprendizaje debe persistir a pesar de oportunidades educativas adecuadas, equivalentes a las de los demás compañeros, y siempre que el menor tenga competencia adecuada en la lengua académica.


Trastornos de la eliminación/excreción

En el ámbito de los trastornos del control de esfínteres, la evaluación desempeña un papel fundamental para comprender los patrones y factores subyacentes. En el caso de la enuresis y la encopresis, es esencial determinar los hábitos de eliminación y describir detalladamente el patrón de ensuciarse, considerando frecuencia, momento y lugar de ocurrencia, así como las reacciones de los involucrados.

Para abordar la enuresis, se destaca la importancia de evaluar hábitos de ingesta de líquidos y patrones de sueño. En la encopresis, se recomienda evaluar posibles problemas de estreñimiento y la inteligencia del menor, ya que la discapacidad intelectual puede afectar la adquisición de habilidades para el control de esfínteres.

La evaluación se extiende a aspectos adicionales, como las pautas de crianza de los padres y su respuesta a comportamientos inadecuados del hijo. El uso de medidas coercitivas puede influir en el desarrollo de ansiedad, y la motivación y cooperación de padres y maestros son imprescindibles para la eficacia del tratamiento.

La autoestima, síntomas depresivos y el rechazo social son elementos evaluativos relevantes, especialmente en la encopresis, donde la asociación con baja autoestima y rechazo es frecuente, contribuyendo a estados anímicos deprimidos. Se destaca la importancia de considerar la posibilidad de abuso sexual infantil, ya que el descontrol de esfínteres puede ser un síntoma en algunos casos.

El diagnóstico diferencial es esencial, enfocándose en descartar afecciones médicas en la enuresis y evaluar la presencia de estreñimiento u otras enfermedades en la encopresis. En resumen, la evaluación integral emerge como un pilar fundamental para la comprensión y abordaje efectivo de estos trastornos del control de esfínteres.

Un autor relevante en este contexto es Douglas C. Bates, cuyo trabajo «Toilet Training in Less Than a Day» (1974) aborda estrategias y enfoques para el entrenamiento del control de esfínteres en niños.


Trastorno por déficit de atención/hiperactividad

En el contexto del Trastorno por Déficit de Atención/Hiperactividad (TDAH), se destaca la presencia de un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad-impulsividad. El DSM-5 introduce la novedad de diagnosticar el TDAH en adultos y ajusta la edad de inicio de los síntomas a antes de los 12 años. La evaluación precisa de estos síntomas se realiza a través de diversos instrumentos, mayormente completados por padres o profesores.

Entre las herramientas de evaluación, se encuentran:

  • Escala para la evaluación del TDAH (Farré y Narbona, 1998): método estructurado de observación para profesores.
  • Cuestionario de hiperactividad de Conners (Conners, 1973): describe 10 conductas relevantes con opciones de respuesta sobre la frecuencia de ocurrencia, aplicable a padres y profesores.
  • Cuestionario breve para el diagnóstico de deficiencia atencional (Pineda, et al., 1999): autoinforme para padres que aborda los síntomas de los subtipos del TDAH según el DSM-IV.
  • Cuestionario de situaciones en el hogar (Barkley, 1981): conecta los déficits atencionales del niño con situaciones problemáticas en casa.

La evaluación neuropsicológica, aunque no determinante para el diagnóstico, ofrece información sobre el rendimiento en tareas atencionales y ejecutivas. Ejemplos de pruebas incluyen la Batería Neuropsicológica Breve para TDAH (Pineda et al., 1999), Test de Ejecución Continua (CPT; Rosvold et al., 1956), Test de Colores y Palabras/Test de Stroop (Golden, 2001), y la Torre de Londres (Shallice, 1982).

Se resalta la importancia de recopilar información sobre el ambiente académico, ya que puede influir en la manifestación de comportamientos asociados al TDAH. El sistema BASC también se presenta como útil en la evaluación del TDAH.

El diagnóstico diferencial es esencial, diferenciando el TDAH de trastornos como el negativista desafiante, explosivo intermitente y trastorno específico del aprendizaje, compartiendo síntomas pero con características distintivas.


Trastornos disruptivos, del control de los impulsos y de la conducta (DSM-5)

Los trastornos del comportamiento perturbador presentan desafíos en el autocontrol de comportamientos y emociones, incluyendo violaciones de derechos y conflictos con normas sociales y autoridad. El trastorno de conducta, antes trastorno disocial en el DSM-IV, destaca por el control deficiente de conductas que infringen derechos y normas, como destrucción de propiedad o robos. Por otro lado, el trastorno negativista se caracteriza por enfado, irritabilidad, actitud desafiante o vengativa.

El DSM-5 introduce el nuevo diagnóstico de trastorno explosivo intermitente, marcado por arrebatos de ira recurrentes, reflejando falta de control de impulsos y agresividad. En la evaluación, las Pautas de Entrevista para Padres de Niños con Comportamiento Perturbador de Fernández Parra (2005) facilitan el diagnóstico diferencial según el DSM-IV-TR.

Instrumentos como el Cuestionario Breve para el Diagnóstico del Trastorno Disocial (Pineda, et al., 2000), la Escala de Conducta Antisocial (Allsopp y Felman, 1976) y el Cuestionario de Agresión Proactiva-Reactiva (Raine et al., 2006) identifican la sintomatología. Además, el Sistema Multidimensional para la Evaluación de la Conducta (BASC; Reynold y Kamphaus, 1992) evalúa no solo problemas, sino también atributos positivos.

El diagnóstico diferencial implica distinguir trastorno negativista y de conducta, TDAH y trastorno explosivo intermitente, considerando la gravedad de las conductas y el nivel de ira hacia los demás. Estas evaluaciones integrales son esenciales para la comprensión y abordaje de estos trastornos.


Trastornos por tics

Los trastornos de tics se caracterizan por la presencia de tics motores o vocales, manifestados como movimientos o vocalizaciones súbitos, rápidos, recurrentes y no rítmicos. Aunque los tics se experimentan como involuntarios, es posible suprimirlos voluntariamente durante períodos variables.

Dentro de este grupo, se destacan el trastorno de la Tourette, el trastorno de tics motores o vocales persistentes (crónico) y el trastorno de tics transitorio. La estrategia principal de evaluación se basa en la observación objetiva de los tics, considerando contingencias como la presencia de otras personas o el contexto de la conversación.

Para una evaluación más precisa, se utilizan herramientas como la Escala de Gravedad Global de Tic de Yale (Leckman et al., 1989), una entrevista estructurada que evalúa los tics motores y vocales, y la Lista de Síntomas del Síndrome de la Tourette de Yale-Revisada (Cohen et al., 1980), un autoinforme para padres que aborda tics y problemas de conducta asociados.

En el diagnóstico diferencial, es esencial distinguir los tics de las mioclonías, movimientos más rápidos e imposibles de suprimir. También se deben diferenciar de las estereotipias presentes en trastornos del espectro autista, que suelen manifestarse antes de los 3 años, en comparación con los tics, que emergen generalmente después de los 5-7 años, siendo breves, rápidos y fluctuantes.

Un punto crucial es diferenciarlos del trastorno obsesivo-compulsivo y trastornos relacionados, ya que la base cognitiva del impulso difiere, y en las conductas compulsivas suele existir una necesidad específica de realizar la acción. Este proceso diagnóstico puede resultar desafiante, especialmente en niños pequeños, donde la identificación de ciertos aspectos cognitivos puede ser más compleja.


Trastornos del espectro autista (TEA)

El trastorno autista, definido por el DSM-IV, se caracteriza por deficiencias en la interacción social, alteraciones en la comunicación y patrones restringidos de comportamiento, actividad e intereses. El DSM-5 agrupa estos trastornos bajo la denominación de trastorno del espectro autista (TEA), que incluye diversas manifestaciones como autismo, autismo de alto funcionamiento, autismo atípico, trastorno generalizado del desarrollo no especificado, trastorno desintegrativo de la infancia y trastorno de Asperger.

Los criterios diagnósticos del TEA se centran en dos áreas principales: déficits persistentes en comunicación social e interacción social en diversos contextos y patrones repetitivos y restringidos de conductas, actividades e intereses. Estos deben manifestarse desde temprana edad, aunque la especificidad temporal no está detallada, reconociendo que algunos déficits pueden emerger más lentamente según las demandas contextuales.

La evaluación diagnóstica se concentra en estas áreas clave, determinando el perfil de habilidades y deficiencias del paciente para guiar la intervención. Se evalúan inteligencia, lenguaje, comunicación, capacidad adaptativa y problemas conductuales, considerando las necesidades y posibilidades de la familia.

Diversas pruebas han sido diseñadas para facilitar el diagnóstico, como el Inventario del Espectro Autista (Riviere, 1997), que mide la severidad de los rasgos autistas, y el ADI-R (Lord et al., 1994), una entrevista a padres considerada precisa. El ADOS-2 (Lord et al., 2012), una observación semiestructurada, se aplica a niños mayores de 36 meses de edad mental.

En el diagnóstico diferencial, se destaca la importancia de distinguir los TEA de otros trastornos con síntomas similares, como mutismo selectivo, trastornos del lenguaje y trastorno de la comunicación social (pragmático), y discapacidad intelectual. El abordaje preciso de estas diferencias contribuye a una identificación más certera y a la planificación de intervenciones adecuadas.


Bibliografía:

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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