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«Erasmo de Róterdam nos enseñó que la verdadera sabiduría no consiste en imponer nuestras certezas, sino en emplear la razón, la educación y la tolerancia para mejorar al ser humano».

  • Sáenz Castaño, Jagoba, 2026

Erasmo de Róterdam, razón, educación y tolerancia

Erasmo de Róterdam nació alrededor de 1466 en Róterdam, en los actuales Países Bajos, y murió en 1536 en Basilea. Vivió durante el Renacimiento, una época marcada por la recuperación de la cultura clásica, el desarrollo del humanismo y los primeros grandes conflictos religiosos de la Europa moderna.

Fue uno de los principales representantes del humanismo cristiano. Defendió que la educación, el pensamiento crítico y el estudio de los textos antiguos podían contribuir a mejorar al ser humano. Para Erasmo, la fe no debía basarse únicamente en normas, ceremonias o autoridades. También debía expresarse mediante una vida sencilla, responsable y coherente.

A través de obras como Elogio de la locura, publicada en 1511, criticó la corrupción, la superstición y los abusos presentes tanto en la sociedad como en la Iglesia. Sin embargo, no buscaba destruir el cristianismo. Su intención era promover una reforma basada en la razón, la tolerancia y el regreso a los valores esenciales del mensaje cristiano.

Erasmo vivió también el inicio de la Reforma protestante, impulsada por Martín Lutero desde 1517. Aunque compartía algunas de sus críticas, rechazó la violencia y la división religiosa. Por ello, defendió el diálogo y la libertad humana frente a los extremismos.

Conocer su pensamiento nos permite comprender una idea que sigue siendo actual: la educación puede liberarnos de la ignorancia, pero solo la tolerancia nos ayuda a convivir con quienes piensan de manera diferente.


La vida de Erasmo de Róterdam

La vida de Erasmo estuvo marcada por una constante búsqueda de independencia. Fue hijo ilegítimo de un sacerdote y de una mujer llamada Margaretha. Además, perdió a sus padres cuando todavía era joven. Estas circunstancias limitaron sus opciones y favorecieron su entrada en el monasterio agustino de Steyn. Sin embargo, nunca se sintió cómodo dentro de una vida religiosa basada en la obediencia rígida y el aislamiento.

En 1492 fue ordenado sacerdote. Poco después consiguió abandonar temporalmente el monasterio para trabajar como secretario del obispo de Cambrai. Esta oportunidad le permitió continuar sus estudios y entrar en contacto con otros ambientes intelectuales. En 1495 se trasladó a París, donde estudió teología. No obstante, rechazó el método educativo de las universidades medievales, pues consideraba que se centraba demasiado en discusiones abstractas y poco útiles.

Erasmo viajó por Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Suiza. Durante estos desplazamientos conoció a importantes pensadores, escritores y religiosos. En Inglaterra mantuvo una estrecha amistad con Tomás Moro, con quien compartió su interés por la cultura clásica y la reforma moral de la sociedad.

Sus viajes no fueron simples desplazamientos. Le permitieron construir una identidad europea basada en el conocimiento, la comunicación y el intercambio de ideas. Erasmo evitó depender durante demasiado tiempo de una corte, una universidad o una institución religiosa. Prefería conservar su libertad para escribir y expresar sus opiniones.

También mantuvo correspondencia con intelectuales, gobernantes y figuras religiosas de distintos territorios. De esta forma, creó una extensa red de comunicación en una Europa dividida por intereses políticos y religiosos. Su trayectoria demuestra que el pensamiento puede superar fronteras y que la libertad intelectual exige mantener cierta distancia frente al poder y las certezas colectivas.


El humanismo cristiano

El humanismo renacentista recuperó el interés por la cultura de Grecia y Roma. Sus representantes estudiaron las lenguas antiguas, analizaron obras clásicas y situaron al ser humano en el centro de la reflexión. Erasmo compartió esta visión, pero la relacionó con su fe. Para él, el conocimiento de los autores clásicos no alejaba a las personas del cristianismo, sino que podía ayudarlas a comprender mejor la vida y la moral.

Su pensamiento se apoyaba en el principio latino ad fontes, que significa «regresar a las fuentes». Erasmo consideraba necesario estudiar los textos originales para evitar errores, interpretaciones interesadas y enseñanzas acumuladas con el paso de los siglos. Por esta razón, aprendió latín y griego, y dedicó gran parte de su vida a revisar escritos antiguos.

En 1516 publicó una edición del Nuevo Testamento en griego acompañada por una nueva traducción al latín. Este trabajo permitía comparar las palabras originales con la versión utilizada por la Iglesia occidental. Su intención no era cuestionar la fe, sino facilitar una comprensión más rigurosa y personal del mensaje cristiano.

Erasmo denominó a su propuesta philosophia Christi, es decir, «filosofía de Cristo». Esta visión defendía un cristianismo centrado en la humildad, la compasión y la conducta cotidiana. Consideraba que la religión perdía su sentido cuando se reducía a ceremonias, prohibiciones o discusiones teológicas.

Además, creía que cualquier persona podía acercarse a las enseñanzas cristianas sin depender por completo de expertos o autoridades religiosas. La fe debía transformar la manera de pensar, actuar y relacionarse con los demás. Así, su humanismo cristiano unió el estudio, la libertad interior y la responsabilidad moral, convirtiendo el conocimiento en una herramienta para mejorar tanto al individuo como a la sociedad.


La educación como camino hacia la libertad

Erasmo consideraba que la educación tenía la capacidad de transformar a las personas. No la entendía como una simple acumulación de conocimientos. Su objetivo era desarrollar el juicio, mejorar la conducta y enseñar a convivir. Una persona educada debía aprender a pensar por sí misma y a utilizar su libertad de manera responsable.

También defendía que la formación debía comenzar durante la infancia. En su obra Sobre la educación firme pero amable de los niños, publicada en 1529, explicó que los primeros años eran esenciales para despertar la curiosidad y crear hábitos positivos. El aprendizaje debía adaptarse a la edad y a las capacidades de cada estudiante.

Esta propuesta se alejaba de la dureza habitual en muchas escuelas de su tiempo. Erasmo rechazaba los castigos excesivos, la humillación y la repetición mecánica. Consideraba que el miedo podía conseguir obediencia, pero no generaba un verdadero deseo de aprender. Por ello, el maestro debía enseñar mediante la paciencia, el afecto y el ejemplo.

El conocimiento de las lenguas, la literatura, la historia y la filosofía ocupaba un lugar importante en su modelo educativo. Estas materias ayudaban a comprender diferentes formas de pensar. Además, permitían analizar los discursos de quienes ejercían el poder y reconocer posibles engaños.

Erasmo también reflexionó sobre la educación de los gobernantes. En Educación del príncipe cristiano, publicada en 1516, defendió que un buen dirigente debía servir al pueblo y controlar sus propias ambiciones. El poder sin formación moral podía convertirse fácilmente en abuso.

Su propuesta educativa buscaba formar personas libres, prudentes y comprometidas con el bien común. La ignorancia hacía al individuo más vulnerable ante la superstición y la manipulación, mientras que una educación humanista le permitía comprender mejor el mundo. Para Erasmo, enseñar significaba ofrecer herramientas para pensar, decidir y actuar con mayor conciencia.


Elogio de la locura: una crítica a la sociedad de su tiempo

Erasmo escribió Elogio de la locura en 1509, durante un viaje desde Italia hasta Inglaterra. La obra fue publicada por primera vez en 1511 y estuvo dedicada a su amigo Tomás Moro. Su título original, Moriae encomium, contiene incluso un juego de palabras entre el apellido de Moro y el término griego relacionado con la locura.

En el libro, la Locura aparece convertida en un personaje que pronuncia un discurso en defensa de sí misma. Afirma estar presente en las relaciones, las guerras, la política, la religión y el deseo humano de recibir reconocimiento. Este recurso permitió a Erasmo analizar la sociedad desde una perspectiva irónica. La locura descrita en la obra no representa solamente una falta de inteligencia, sino también la vanidad que impide reconocer los propios errores.

La crítica alcanza a casi todos los grupos sociales. Erasmo se burla de gobernantes que buscan gloria, intelectuales que discuten para demostrar su superioridad y religiosos que confunden la fe con las apariencias. También señala a quienes acumulan riqueza o poder mientras presentan sus decisiones como moralmente correctas.

El humor protegía al autor frente a posibles represalias, pero también hacía su mensaje más accesible. En lugar de presentar una explicación teológica compleja, utilizó exageraciones y contradicciones que invitaban al lector a reflexionar. La sátira le permitía revelar verdades incómodas sin convertir su obra en un sermón.

Sin embargo, Erasmo no observaba la locura como si fuera un problema exclusivo de los demás. Cualquier persona podía caer en la arrogancia, el autoengaño o la búsqueda de aprobación. Por eso, la obra también funciona como un ejercicio de autocrítica. Su lectura continúa siendo actual porque nos obliga a preguntarnos cuánto de aquello que consideramos razonable nace realmente del orgullo, la costumbre o el miedo a pensar de manera diferente.


La reforma de la Iglesia y el regreso a las fuentes

Erasmo consideraba necesaria una renovación profunda de la Iglesia. Observaba que algunos miembros del clero se preocupaban más por el poder, la riqueza y las ceremonias que por el bienestar espiritual de las personas. Sin embargo, su propuesta no buscaba crear una nueva confesión religiosa. Quería reformar el cristianismo desde su interior mediante el conocimiento y el cambio moral.

Una de sus primeras obras sobre este tema fue Enquiridión del caballero cristiano, publicada en 1503. En ella explicó que la verdadera vida religiosa no dependía de cumplir numerosos rituales. Debía partir de una transformación interior que se reflejara en las decisiones cotidianas. La oración, la humildad y la ayuda a los demás tenían más valor que la exhibición pública de la fe.

Para impulsar esta renovación, Erasmo defendió el estudio directo de la Biblia y de los primeros autores cristianos. Creía que muchas enseñanzas se habían alejado de su significado original debido a traducciones imprecisas, intereses particulares o interpretaciones repetidas sin suficiente reflexión. Regresar a las fuentes permitía distinguir el mensaje esencial del cristianismo de las costumbres creadas por las instituciones humanas.

Su crítica también alcanzó la venta de indulgencias, la falta de preparación de algunos sacerdotes y el uso del miedo para controlar a los creyentes. Erasmo pensaba que estos abusos debilitaban la confianza en la Iglesia y convertían la religión en una herramienta de poder.

A pesar de sus críticas, nunca abandonó formalmente el catolicismo. Deseaba evitar una ruptura que pudiera provocar violencia y división. Confiaba en una reforma gradual, dirigida por personas educadas y capaces de reconocer sus errores. Para Erasmo, ninguna institución podía mejorar sin aceptar primero una revisión honesta de sus propias prácticas. Su propuesta unía así la renovación espiritual con la responsabilidad de cuestionar aquello que se había normalizado.


Erasmo frente a Martín Lutero

Cuando Martín Lutero inició sus críticas contra la Iglesia en 1517, muchas personas pensaron que Erasmo apoyaría su causa. Ambos denunciaban los abusos del clero, la venta de indulgencias y la falta de formación religiosa. Además, defendían la necesidad de regresar al estudio de las Escrituras. Sin embargo, compartir algunas críticas no significaba aceptar las mismas soluciones.

Lutero propuso una ruptura más firme con la autoridad de Roma. Erasmo, en cambio, temía que la confrontación destruyera la unidad cristiana y provocara nuevos conflictos. Prefería una transformación gradual basada en la educación, el diálogo y la moderación. Por ello, evitó unirse tanto al movimiento protestante como a quienes exigían una condena absoluta de sus ideas.

La diferencia principal entre ambos pensadores apareció en el debate sobre la libertad humana. En Sobre el libre albedrío, publicada en 1524, Erasmo defendió que las personas conservaban cierta capacidad para elegir entre el bien y el mal. Aunque reconocía la importancia de la gracia divina, consideraba que el ser humano debía asumir responsabilidad por sus decisiones.

Lutero respondió en 1525 con Sobre la voluntad esclava. En esta obra sostuvo que la voluntad humana estaba dominada por el pecado y que la salvación dependía por completo de la gracia de Dios. Mientras Erasmo protegía un espacio para la libertad y la responsabilidad, Lutero destacaba la dependencia absoluta del ser humano respecto a Dios.

Este enfrentamiento fue también una diferencia de carácter y método. Lutero empleaba un lenguaje directo y combativo, mientras que Erasmo desconfiaba de las afirmaciones absolutas. Su negativa a elegir un bando fue interpretada como falta de valentía por unos y como prudencia por otros. En realidad, reflejaba una convicción profunda: una reforma que elimina el diálogo puede terminar reproduciendo la misma intolerancia que pretendía combatir.


La tolerancia, la paz y el diálogo

Erasmo vivió en una Europa marcada por guerras entre reinos, rivalidades políticas y enfrentamientos religiosos. Frente a esta realidad, defendió la paz como una obligación moral. Consideraba contradictorio que los gobernantes cristianos justificaran sus conflictos mediante la religión mientras causaban sufrimiento a miles de personas.

En El lamento de la paz, publicada en 1517, presentó la Paz como un personaje que recorría el mundo buscando un lugar donde ser recibida. Sin embargo, encontraba divisiones incluso entre quienes afirmaban compartir la misma fe. Con este recurso, Erasmo denunció la facilidad con la que los dirigentes utilizaban grandes ideales para ocultar ambiciones personales. Las guerras solían beneficiar a quienes las decidían, pero sus consecuencias recaían sobre quienes apenas podían intervenir en ellas.

También cuestionó la idea de que la violencia fuera la primera respuesta ante cualquier desacuerdo. En su ensayo La guerra es dulce para quienes no la han vivido, explicó que las personas podían admirar los conflictos mientras desconocieran su verdadero coste. La guerra destruía familias, empobrecía comunidades y despertaba nuevas formas de odio.

Su defensa de la tolerancia estaba relacionada con la prudencia. Erasmo pensaba que ningún ser humano poseía una comprensión perfecta de la verdad. Por ello, era necesario reconocer los propios límites antes de condenar a los demás. Dudar de nuestras certezas no implica renunciar a las convicciones, sino evitar que se conviertan en fanatismo.

Esta actitud no significa que defendiera la libertad religiosa tal como la entendemos actualmente. Erasmo seguía deseando una cristiandad unida. No obstante, su rechazo de la persecución y su insistencia en encontrar acuerdos lo convirtieron en una figura esencial para el desarrollo posterior de la tolerancia europea. Para él, el diálogo no era una señal de debilidad, sino la forma más humana de afrontar las diferencias.


Reflexión final: el legado de Erasmo en la actualidad

El pensamiento de Erasmo continúa siendo relevante porque muchos de los problemas que señaló siguen presentes. La intolerancia, el abuso de poder, la manipulación religiosa y la búsqueda de reconocimiento no pertenecen únicamente al Renacimiento. También aparecen en las sociedades actuales, aunque adopten formas diferentes.

Vivimos en una época con un acceso al conocimiento que Erasmo difícilmente habría podido imaginar. Sin embargo, disponer de más información no garantiza una mayor comprensión. Las redes sociales y los medios digitales facilitan el intercambio de ideas, pero también favorecen la difusión de prejuicios y mensajes extremos. La educación sigue siendo necesaria para diferenciar entre una opinión razonada, una creencia repetida y un intento de manipulación.

Erasmo también nos recuerda la importancia de cuestionar a las instituciones sin rechazar todo lo que representan. Su crítica a la Iglesia pretendía corregir sus abusos, no destruir automáticamente la tradición cristiana. Esta postura enseña que es posible reconocer los errores de una comunidad y, al mismo tiempo, trabajar para mejorarla desde dentro.

Su moderación tampoco debe confundirse con indiferencia. Erasmo tomó posición contra la guerra, la ignorancia y el fanatismo. Sin embargo, evitó convertir sus convicciones en una justificación para perseguir a quienes pensaban de otra manera. Defender una idea no exige negar la humanidad de quien no la comparte.

Finalmente, su obra nos invita a practicar la autocrítica. Resulta sencillo identificar la locura, la vanidad o la incoherencia en los demás, pero es mucho más difícil reconocerlas en nosotros mismos. El verdadero legado de Erasmo no consiste en ofrecer respuestas definitivas. Consiste en enseñarnos a leer con atención, pensar con libertad y dialogar con humildad. Una sociedad mejora cuando sus integrantes no solo aprenden a expresar sus ideas, sino también a revisarlas y escuchar las de los demás.


Bibliografía

Cantelli, D. (2016, October). Reflejo del sol en aguas tranquilas cerca de montañas verdes. Unsplash; Unsplash.

Erasmo de Róterdam. (1999). Elogio de la locura (P. Voltes Bou, Trad.). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (Obra original publicada en 1511).

Erasmo de Róterdam. (2007). Educación del príncipe cristiano (P. Jiménez Guijarro & A. Martín, Trads.). Tecnos.

Erasmo de Róterdam. (2008). Adagios del poder y de la guerra: Teoría del adagio (R. Puig de la Bellacasa, Trad.). Alianza Editorial.

Erasmo de Róterdam. (2012). Discusión sobre el libre albedrío: Respuesta a Martín Lutero (E. Rivas, Trad.). El Cuenco de Plata.

Rummel, E. (2025). Desiderius Erasmus. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy.

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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