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«Tomás de Aquino nos enseñó que la razón y la religión no tienen por qué enfrentarse, pues ambas pueden conducir al ser humano hacia una comprensión más profunda de la verdad».

  • Sáenz Castaño, Jagoba, 2026

Tomás de Aquino: el encuentro entre la razón y la religión

A lo largo de la historia, la razón y la religión se han presentado muchas veces como caminos opuestos. La primera busca comprender la realidad mediante la reflexión y la lógica. La segunda se apoya en la fe para responder a las grandes preguntas de la existencia. Sin embargo, Tomás de Aquino defendió que no era necesario elegir entre ambas.

Para este filósofo medieval, la razón y la religión podían convivir. Incluso podían complementarse en la búsqueda de la verdad. La razón permitía conocer el mundo, observar la naturaleza y construir argumentos racionales. La fe, por su parte, ayudaba a comprender aquellas cuestiones que superaban los límites del pensamiento humano.

Tomás de Aquino intentó unir la filosofía de Aristóteles con el cristianismo. Su propósito no consistía en someter la razón a la fe, sino en mostrar que ambas podían conducir hacia una misma verdad desde perspectivas diferentes. Esta unión convirtió su pensamiento en uno de los pilares de la filosofía medieval.

En este artículo conoceremos su vida, sus principales ideas y su visión sobre Dios, el conocimiento, la moral y la naturaleza humana. También veremos por qué su intento de acercar razón y religión continúa siendo relevante. En una época marcada por los enfrentamientos entre distintas formas de entender el mundo, su filosofía nos invita a buscar el diálogo antes que la división.


Tomás de Aquino y el contexto de la filosofía medieval

Tomás de Aquino nació alrededor del año 1225 EC en Roccasecca, una localidad situada en el antiguo Reino de Sicilia, y murió en 1274 EC. Desarrolló su pensamiento durante el siglo XIII, cuando la religión ocupaba un lugar central en la sociedad europea. La Iglesia guiaba la vida espiritual. Además, tenía una gran influencia sobre la educación, la cultura y la política.

La filosofía medieval trataba de comprender la realidad desde una visión cristiana. Sus pensadores reflexionaban sobre Dios, el alma, el conocimiento y la moral. Sin embargo, no se limitaban a repetir las enseñanzas religiosas. También utilizaban la lógica y la reflexión para formular preguntas y construir argumentos.

Durante este periodo surgieron las primeras universidades europeas. Estos centros favorecieron el estudio de la filosofía, la teología, el derecho y la medicina. También permitieron recuperar numerosas obras de la filosofía griega. Entre ellas destacaron los textos de Aristóteles, que ofrecían una explicación racional de la naturaleza y del ser humano.

La recuperación de estas obras generó un gran debate. Algunas personas consideraban que la filosofía aristotélica podía entrar en conflicto con el cristianismo. Otras creían que sus ideas podían ayudar a comprender mejor la realidad creada por Dios.

Tomás de Aquino participó activamente en este debate. Su objetivo fue demostrar que la razón y la religión no tenían que ser enemigas. Para él, la filosofía podía estudiar el mundo mediante la observación y el pensamiento racional. La teología, en cambio, partía de las verdades reveladas por la fe.

Esta distinción le permitió crear un sistema filosófico amplio y ordenado. En él, la razón conservaba su valor sin negar la importancia de la religión. Por eso, su obra representa uno de los mayores intentos de diálogo entre la filosofía y el cristianismo.


La vida de Tomás de Aquino

Tomás de Aquino nació alrededor del año 1225 EC en Roccasecca, dentro de una familia noble. Sus padres esperaban que siguiera una carrera religiosa que aumentara el prestigio familiar. Por este motivo, cuando todavía era un niño, fue enviado a la abadía de Montecasino para comenzar su formación.

Más tarde, estudió en la Universidad de Nápoles. Allí conoció las obras de Aristóteles y entró en contacto con la Orden de los Dominicos. Sus miembros defendían una vida dedicada al estudio, la enseñanza y la predicación. Tomás decidió unirse a ellos, aunque su familia se opuso firmemente.

Sus familiares querían que ocupara una posición importante dentro de la Iglesia. Sin embargo, la vida sencilla de los dominicos no coincidía con sus planes. Por eso, intentaron impedir su decisión. A pesar de esta presión, Tomás de Aquino mantuvo su vocación y continuó su camino religioso.

Después viajó a París, donde estudió con Alberto Magno, uno de los pensadores más destacados de su tiempo. Bajo su influencia, profundizó en la filosofía de Aristóteles. También comenzó a desarrollar su propia forma de relacionar el pensamiento racional con la religión cristiana.

Tomás de Aquino dedicó gran parte de su vida a estudiar, enseñar y escribir. Su obra más conocida es la Suma teológica. En ella abordó cuestiones relacionadas con Dios, el ser humano, la moral y el conocimiento. Aunque no pudo terminarla, se convirtió en uno de los textos más importantes de la filosofía medieval.

Murió en 1274 EC, cuando se dirigía al Concilio de Lyon. Su pensamiento tuvo una enorme influencia en la filosofía y en la teología. Siglos después, sus ideas continúan formando parte de los debates sobre la razón, la religión y la búsqueda de la verdad.


El encuentro entre Aristóteles y el cristianismo

Una de las mayores aportaciones de Tomás de Aquino fue unir la filosofía de Aristóteles con el pensamiento cristiano. Esta tarea no era sencilla. Muchas ideas del filósofo griego habían surgido en un contexto muy diferente al cristianismo. Además, algunos pensadores medievales desconfiaban de su influencia.

Aristóteles defendía que el conocimiento comienza a través de los sentidos y la experiencia. Para comprender la realidad, primero debemos observar el mundo que nos rodea. Después, la inteligencia organiza esa información y descubre sus principios generales. Tomás de Aquino aceptó esta visión y la incorporó a su propia filosofía.

También adoptó la idea de que los seres poseen una materia y una forma. La materia es aquello de lo que algo está compuesto. La forma determina lo que ese ser es. Tomás utilizó esta explicación para comprender la naturaleza humana como una unión entre el cuerpo y el alma.

Sin embargo, no aceptó todas las ideas de Aristóteles sin modificarlas. Tomás de Aquino adaptó su filosofía a las creencias cristianas. Defendió que el mundo había sido creado por Dios y que el alma humana podía existir después de la muerte. También afirmó que la finalidad última del ser humano era alcanzar la unión con Dios.

Esta adaptación permitió recuperar el valor de la observación y del pensamiento racional. El estudio de la naturaleza no tenía que representar una amenaza para la religión. Al contrario, podía ayudar al ser humano a conocer mejor la creación.

Por tanto, Tomás de Aquino no se limitó a repetir las ideas de Aristóteles. Las analizó, las transformó y las integró dentro de un nuevo sistema. Gracias a este trabajo, mostró que la filosofía antigua y el cristianismo podían mantener un diálogo profundo. Esta síntesis se convirtió en una de las bases del pensamiento occidental.


La relación entre la razón y la fe

Para Tomás de Aquino, la razón y la fe eran dos formas diferentes de acercarse a la verdad. Cada una seguía su propio camino. Sin embargo, ambas procedían de Dios. Por este motivo, una verdad alcanzada mediante la razón no podía contradecir una verdad revelada por la fe.

La razón permite observar el mundo, analizar sus causas y construir argumentos. Gracias a ella, el ser humano puede comprender numerosos aspectos de la realidad. Por ejemplo, puede estudiar la naturaleza, desarrollar conocimientos científicos y reflexionar sobre la existencia de Dios.

La fe, por su parte, permite acceder a verdades que superan los límites naturales de la inteligencia. Algunas creencias religiosas no pueden demostrarse únicamente mediante la observación o la lógica. Aun así, Tomás de Aquino consideraba que estas verdades no eran irracionales. Simplemente, se encontraban más allá de lo que la razón podía descubrir por sí sola.

Esta distinción evitaba dos extremos. Por un lado, impedía rechazar la razón en nombre de la religión. Por otro, también evitaba pensar que la razón humana podía ofrecer todas las respuestas. La filosofía y la teología tenían funciones distintas, aunque podían ayudarse mutuamente.

Tomás de Aquino defendía que algunas verdades religiosas podían conocerse mediante la razón. La existencia de Dios era una de ellas. En cambio, otras ideas, como la Trinidad, dependían de la revelación y de la fe.

Si aparecía una contradicción entre razón y religión, el problema no se encontraba en la verdad. Según Tomás, podía surgir de un razonamiento incorrecto o de una interpretación equivocada de la fe. Por eso, era necesario revisar ambas perspectivas con atención.

Su pensamiento propone una relación basada en el diálogo y la complementariedad. La razón formula preguntas y examina la realidad. La fe amplía el horizonte de aquello que el ser humano puede comprender. Juntas expresan una búsqueda común: acercarse a la verdad sin renunciar ni al pensamiento ni a la dimensión espiritual.


Las cinco vías para demostrar la existencia de Dios

Tomás de Aquino consideraba que la existencia de Dios podía defenderse mediante argumentos racionales. Para ello, partió de la observación del mundo. Sus razonamientos no pretendían explicar cómo era Dios en su totalidad. Su objetivo era mostrar que la realidad necesitaba un fundamento último.

Estos argumentos se conocen como las cinco vías de Tomás de Aquino:

  1. La vía del movimiento: todo aquello que cambia es movido por algo. Esta cadena no puede continuar de manera infinita. Por tanto, debe existir un primer motor que no sea movido por otro: Dios.
  2. La vía de la causalidad: todo efecto tiene una causa. Nada puede ser la causa completa de sí mismo. Por eso, Tomás defendió la existencia de una causa primera que originara las demás causas.
  3. La vía de la contingencia: los seres del mundo pueden existir o dejar de existir. Si todo fuera contingente, podría haber existido un momento sin ninguna realidad. Por ello, debe existir un ser necesario del que dependan los demás.
  4. La vía de los grados de perfección: encontramos diferentes grados de bondad, verdad o perfección. Tomás consideraba que estas diferencias apuntaban hacia una perfección máxima que actuaba como referencia.
  5. La vía del orden del mundo: la naturaleza muestra un orden y una orientación hacia determinados fines. Según Tomás, este orden requiere una inteligencia que lo dirija, incluso cuando los seres naturales no son conscientes de sus acciones.

Las cinco vías parten de la experiencia y del razonamiento, no directamente de la fe. Sin embargo, han recibido críticas posteriores, especialmente sobre la necesidad de una primera causa y la interpretación del orden natural.

Aun así, estos argumentos siguen siendo importantes. Representan uno de los intentos más influyentes de reflexionar racionalmente sobre la existencia de Dios y muestran cómo Tomás de Aquino buscó conectar la filosofía con la religión.


El conocimiento y los límites de la razón humana

Tomás de Aquino defendía que el conocimiento humano comienza a través de los sentidos y la experiencia. Antes de formular ideas generales, necesitamos observar la realidad. Esta postura refleja la influencia de Aristóteles y concede un gran valor al mundo que nos rodea.

Cuando percibimos un objeto, nuestros sentidos captan algunas de sus características. Podemos reconocer su forma, su color, su tamaño o su textura. Después, la inteligencia analiza esa información y descubre aquello que define al objeto. Este proceso permite pasar de una experiencia particular a un conocimiento más general.

Por ejemplo, una persona puede observar diferentes árboles. Aunque ninguno sea exactamente igual a otro, su inteligencia reconoce las características que todos comparten. De este modo, construye el concepto general de árbol. Por tanto, el conocimiento no aparece completamente formado en nuestra mente. Se desarrolla mediante el contacto con la realidad.

Sin embargo, la razón humana tiene límites. Tomás de Aquino consideraba que no podemos comprender todas las verdades de manera directa. Nuestra inteligencia depende de la experiencia y avanza de forma gradual. Por eso, existen cuestiones que superan nuestra capacidad natural de conocimiento.

La razón puede estudiar el mundo y elaborar argumentos sobre la existencia de Dios. Sin embargo, no puede descubrir por sí sola todos los contenidos de la religión. Algunas verdades necesitan la revelación y la fe. Esto no significa que sean contrarias a la razón, sino que se encuentran más allá de su alcance.

Tomás de Aquino reconocía así el valor del pensamiento humano sin convertirlo en una capacidad ilimitada. La razón permite alcanzar conocimientos verdaderos, pero también debe reconocer aquello que no puede explicar completamente.

Esta actitud combina la confianza intelectual con la humildad. Conocer implica buscar respuestas, revisar nuestras ideas y aceptar nuestros límites. Por eso, su filosofía continúa planteando una cuestión esencial: ¿hasta dónde puede llegar la razón humana en su búsqueda de la verdad?


La naturaleza humana: cuerpo, alma y libertad

Tomás de Aquino entendía al ser humano como una unidad formada por cuerpo y alma. No consideraba que el cuerpo fuera una prisión de la que el alma tuviera que escapar. Ambos elementos formaban parte de una misma persona y eran necesarios para desarrollar plenamente la vida humana.

Esta idea procedía de la filosofía de Aristóteles. Según ella, el alma es la forma del cuerpo. Es decir, el principio que organiza la materia y le permite vivir. Por tanto, el cuerpo y el alma no son dos seres independientes, sino dos dimensiones de una misma realidad.

El alma humana posee capacidades relacionadas con la nutrición, la percepción y el movimiento. Sin embargo, también incluye dos facultades especiales: la inteligencia y la voluntad. La inteligencia permite conocer la realidad y distinguir entre diferentes opciones. La voluntad hace posible elegir aquello que consideramos bueno.

A partir de estas facultades, Tomás de Aquino defendió la existencia de la libertad humana. Las personas no actúan únicamente por instinto. Pueden reflexionar sobre sus decisiones, valorar sus consecuencias y orientar su comportamiento hacia determinados fines.

Sin embargo, ser libre no significa actuar sin límites ni seguir cualquier deseo. La verdadera libertad consiste en elegir de manera consciente aquello que favorece el bien. Una persona se vuelve más libre cuando comprende sus impulsos y dirige sus acciones mediante la razón.

Tomás también defendía que el alma racional podía continuar existiendo después de la muerte. Aun así, consideraba que su estado natural era permanecer unida al cuerpo. Esta visión concedía dignidad tanto a la dimensión espiritual como a la corporal.

Su pensamiento nos recuerda que pensar, sentir y actuar forman parte de una misma existencia. También muestra que la libertad exige responsabilidad. Cada decisión contribuye a formar nuestro carácter y a determinar la clase de persona en la que podemos convertirnos.


La ética, la felicidad y la ley natural

Para Tomás de Aquino, todas las acciones humanas buscan algún tipo de bien. Incluso cuando una persona se equivoca, suele actuar porque considera que su decisión le proporcionará algún beneficio. Sin embargo, no todos los bienes tienen el mismo valor ni conducen a una felicidad verdadera.

Las riquezas, el reconocimiento o el placer pueden producir una satisfacción temporal. No obstante, ninguno de ellos puede completar plenamente al ser humano. Tomás consideraba que la felicidad perfecta solo podía alcanzarse mediante la unión con Dios. Aun así, durante la vida era posible acercarse a ella a través de la razón, la virtud y las buenas acciones.

Su ética recibió una clara influencia de Aristóteles. Tomás de Aquino defendía que las virtudes se desarrollan mediante la práctica. Una persona se vuelve justa al actuar con justicia. Del mismo modo, se vuelve prudente cuando aprende a tomar decisiones equilibradas.

Entre las virtudes principales se encuentran la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. A ellas añadió las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Todas orientan la conducta hacia el bien y ayudan a construir un carácter estable.

Tomás también desarrolló el concepto de ley natural. Según esta idea, existe un orden moral que la razón humana puede reconocer. Su principio fundamental consiste en buscar el bien y evitar el mal. De él surgen deberes como proteger la vida, vivir en sociedad y buscar la verdad.

La ley natural no depende únicamente de unas normas impuestas desde el exterior. Se encuentra relacionada con la propia naturaleza racional del ser humano. Por eso, podemos reflexionar sobre nuestras acciones y reconocer ciertas responsabilidades.

Esta propuesta une nuevamente razón y religión. La razón permite identificar principios morales básicos, mientras que la fe orienta al ser humano hacia su finalidad última. Así, la felicidad no consiste solo en sentirse bien, sino en aprender a vivir de acuerdo con el bien.


La influencia y las críticas a su pensamiento

El pensamiento de Tomás de Aquino tuvo una enorme influencia en la filosofía y en la teología cristiana. Su forma de relacionar la razón con la religión dio lugar al tomismo, una corriente que continuó desarrollando sus ideas durante los siglos posteriores.

Su obra se convirtió en una referencia dentro de numerosas universidades europeas. Además, la Iglesia católica adoptó gran parte de su pensamiento como una base para la enseñanza de la teología. Su visión de la ley natural también influyó en debates sobre la moral, la justicia y los derechos humanos.

Tomás de Aquino mostró que la fe podía dialogar con la filosofía sin rechazarla. Esta propuesta favoreció una actitud más abierta hacia el estudio de la naturaleza. También permitió recuperar una parte importante del pensamiento de Aristóteles dentro de la cultura medieval.

Sin embargo, sus ideas también han recibido numerosas críticas. Algunos filósofos cuestionaron sus cinco vías para demostrar la existencia de Dios. Por ejemplo, señalaron que no podemos afirmar con seguridad que toda cadena de causas necesite una primera causa. Otros rechazaron que el orden de la naturaleza demostrara la existencia de una inteligencia divina.

La ciencia moderna también transformó nuestra manera de explicar el universo. Muchos fenómenos que antes se interpretaban desde una perspectiva religiosa comenzaron a estudiarse mediante leyes naturales. Esto provocó nuevos debates sobre los límites de la filosofía y de la religión.

Además, la ley natural de Tomás de Aquino ha sido criticada por asumir que existe una naturaleza humana universal con fines concretos. Desde otras perspectivas, los valores también dependen de la historia, la cultura y las circunstancias sociales.

A pesar de estas críticas, su pensamiento no ha perdido todo su valor. Sus argumentos continúan siendo estudiados, debatidos y reinterpretados. Su mayor legado quizá no sea ofrecer respuestas definitivas, sino defender que las ideas deben analizarse mediante el diálogo entre diferentes formas de conocimiento.


Reflexión final: ¿pueden dialogar hoy la razón y la religión?

La relación entre la razón y la religión continúa generando debates. Algunas personas consideran que representan formas incompatibles de comprender la realidad. Otras encuentran en ambas perspectivas herramientas diferentes para responder a las grandes preguntas de la existencia.

El pensamiento de Tomás de Aquino nos invita a evitar esta división absoluta. La razón permite observar, analizar y cuestionar aquello que creemos conocer. La religión, por su parte, puede ofrecer un sentido espiritual y una orientación ante cuestiones que no siempre tienen una respuesta científica.

Esto no significa que todas las creencias deban aceptarse sin reflexión. Tampoco implica que la razón pueda resolver cualquier problema humano. Ambas perspectivas tienen posibilidades y límites. Por eso, el verdadero diálogo comienza cuando reconocemos aquello que cada una puede aportar.

En la actualidad, la ciencia explica numerosos fenómenos que antes se interpretaban mediante la religión. Sin embargo, todavía existen preguntas sobre el sentido de la vida, la moral, la muerte o el sufrimiento. Estas cuestiones pueden abordarse desde la filosofía, la ciencia, la religión y la experiencia personal.

La propuesta de Tomás de Aquino también nos recuerda la importancia de escuchar antes de rechazar. Una sociedad plural necesita espacios donde puedan convivir diferentes maneras de pensar. El diálogo no exige abandonar nuestras convicciones. Exige examinarlas, comprender otras perspectivas y aceptar que ninguna persona posee todas las respuestas.

Quizá la razón y la religión no tengan que competir por explicar exactamente lo mismo. Pueden representar caminos distintos dentro de una búsqueda compartida. Lo importante es que ninguna de ellas se utilice para impedir las preguntas o imponer una verdad sin reflexión.

La filosofía de Tomás de Aquino conserva así una enseñanza valiosa: buscar la verdad requiere pensamiento, humildad y apertura. Razón y religión pueden dialogar cuando ambas reconocen sus límites y mantienen la voluntad de comprender.


Bibliografía

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Reale, G., & Antiseri, D. (2010). Historia de la filosofía: Patrística y escolástica (Vol. 2). Herder.

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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