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«Tomás Moro nos enseñó que la verdadera utopía no consiste en imaginar una sociedad perfecta, sino en conservar la conciencia despierta frente a un poder que pretende adormecerla».

  • Sáenz Castaño, Jagoba, 2026

Tomás Moro: utopía, conciencia y poder

Tomás Moro nació en Londres en 1478 EC y murió ejecutado en la misma ciudad en 1535 EC. Fue abogado, escritor, humanista, político y pensador. Además, ocupó el cargo de lord canciller de Inglaterra durante el reinado de Enrique VIII. Su vida transcurrió en una época marcada por el Renacimiento, el humanismo y las profundas tensiones religiosas que precedieron a la Reforma protestante.

Moro destacó por su capacidad para combinar el pensamiento clásico con los problemas políticos y sociales de su tiempo. Mantuvo una estrecha amistad con Erasmo de Róterdam y compartió con él la defensa de la educación, la razón y la renovación moral de la sociedad. Sin embargo, su trayectoria también muestra las contradicciones de una época en la que la religión, la política y el poder estaban profundamente unidos.

En 1516 EC publicó Utopía, su obra más conocida. En ella describió una sociedad imaginaria organizada según principios distintos a los de la Europa de su tiempo. A través de esta isla ficticia, Moro reflexionó sobre la propiedad privada, la desigualdad, el trabajo, la justicia y el ejercicio del poder. La utopía no era solo la descripción de un mundo ideal, sino también una herramienta para cuestionar las imperfecciones del mundo real.

Su vida terminó de manera trágica cuando se negó a reconocer a Enrique VIII como máxima autoridad de la Iglesia de Inglaterra. Esta decisión no fue únicamente política. También reflejó su convicción de que la conciencia individual debía mantenerse firme frente a las exigencias del poder. Fue condenado por traición y ejecutado el 6 de julio de 1535 EC.

Estudiar a Tomás Moro permite comprender una pregunta que continúa plenamente vigente: ¿hasta dónde debemos obedecer cuando nuestras convicciones entran en conflicto con la autoridad? Su pensamiento nos invita a imaginar sociedades más justas, pero también a analizar el precio que una persona puede llegar a pagar por permanecer fiel a sus principios.


La formación de un humanista en la Inglaterra del Renacimiento

La educación de Tomás Moro estuvo orientada desde muy pronto hacia el conocimiento y el servicio público. Su padre, John More, era un reconocido abogado que llegó a ejercer como juez. Por ello, quiso ofrecerle una formación rigurosa. Primero estudió en la escuela de San Antonio de Londres, una de las más prestigiosas de la ciudad. Después entró al servicio de John Morton, arzobispo de Canterbury y canciller de Inglaterra.

La estancia en la residencia de Morton fue una experiencia decisiva. Allí, el joven Moro pudo observar de cerca las relaciones entre la Iglesia, la monarquía y la vida política. También conoció un ambiente intelectual favorable a las nuevas ideas humanistas. Esta etapa le permitió comprender que el conocimiento no debía permanecer aislado de los problemas de la sociedad.

En 1492 EC comenzó sus estudios en la Universidad de Oxford. Allí profundizó en el latín, el griego, la literatura y la filosofía clásica. El contacto con los autores antiguos amplió su manera de entender al ser humano. Sin embargo, su padre consideraba que debía seguir una profesión más estable. Por este motivo, Moro abandonó Oxford después de unos dos años y regresó a Londres para estudiar Derecho.

Se formó primero en New Inn y, en 1496 EC, ingresó en Lincoln’s Inn, una de las instituciones jurídicas más importantes de Inglaterra. La formación legal desarrolló su capacidad para analizar argumentos, interpretar normas y comprender las consecuencias prácticas de las decisiones políticas.

Durante esos años, Moro también experimentó una intensa inquietud religiosa. Vivió cerca de una comunidad cartuja y llegó a plantearse la vida monástica. Finalmente, decidió continuar como laico. No obstante, mantuvo una profunda disciplina espiritual. La unión entre cultura clásica, formación jurídica y conciencia religiosa definió su particular forma de humanismo. Para Moro, educarse no significaba acumular conocimientos, sino aprender a juzgar con prudencia y actuar de acuerdo con la conciencia. Su juventud preparó así las bases del escritor, jurista y político que llegaría a ser.


La amistad con Erasmo de Róterdam y el ideal humanista

Tomás Moro conoció a Erasmo de Róterdam en 1499 EC, durante una de las visitas del pensador neerlandés a Inglaterra. Entre ambos surgió una amistad basada en la admiración intelectual, el sentido del humor y el interés por la cultura clásica. Aunque vivían en lugares distintos, mantuvieron una frecuente correspondencia y compartieron numerosos proyectos literarios.

Los dos pertenecieron al llamado humanismo cristiano. Esta corriente buscaba recuperar los textos de la Antigüedad y utilizarlos para mejorar la educación, la política y la vida religiosa. Para Moro y Erasmo, estudiar a los autores clásicos no implicaba rechazar el cristianismo. Al contrario, consideraban que la razón, la cultura y la fe podían contribuir juntas al desarrollo moral de las personas.

En 1506 EC, ambos colaboraron en la traducción al latín de varios diálogos del escritor griego Luciano de Samósata. Sus textos utilizaban la ironía para mostrar los errores y las contradicciones de la sociedad. Esta influencia se aprecia en la obra posterior de Moro. El humor se convirtió para él en una forma inteligente de criticar el poder sin limitarse a ofrecer una condena directa.

La cercanía entre ambos también quedó reflejada en Elogio de la locura, obra que Erasmo escribió en 1509 EC y publicó en 1511 EC. El título latino, Moriae encomium, contenía un juego de palabras con el apellido de Moro. Además, Erasmo dedicó el libro a su amigo. En sus páginas criticó la vanidad de los gobernantes, la corrupción religiosa y la falsa sabiduría de quienes se consideraban superiores.

Sin embargo, su amistad no significó que pensaran siempre de la misma manera. Erasmo adoptó una posición más prudente ante los conflictos religiosos. Moro, en cambio, defendió sus convicciones con mayor dureza. Ambos compartieron la esperanza de reformar la sociedad mediante la educación, pero siguieron caminos diferentes cuando Europa comenzó a dividirse por motivos religiosos. Su relación representa así tanto la fuerza como los límites del ideal humanista del Renacimiento.


Una vida entre la familia, la fe y el servicio público

Tomás Moro no entendía la vida familiar, la religión y el trabajo como realidades separadas. Para él, todas debían formar parte de una misma responsabilidad moral. En 1505 EC se casó con Jane Colt, con quien tuvo cuatro hijos: Margaret, Elizabeth, Cecily y John. Tras la muerte de Jane en 1511 EC, contrajo matrimonio con Alice Middleton, una viuda que también tenía una hija.

Su hogar destacó por conceder una gran importancia a la educación. Moro contrató profesores y participó directamente en la formación de sus hijos. Además, tomó una decisión poco habitual para su época: ofreció a sus hijas una educación intelectual semejante a la de su hijo. Margaret, la mayor, llegó a dominar el latín y se convirtió en una mujer reconocida por su cultura. Con ello, Moro demostró que las capacidades intelectuales no dependían del sexo, aunque siguiera viviendo dentro de los límites sociales de su tiempo.

La fe también ocupó un lugar central en su vida cotidiana. Conservó hábitos de oración, estudio y disciplina personal. Sin embargo, su espiritualidad no lo alejó de las obligaciones familiares o sociales. Moro buscó vivir sus creencias dentro del mundo, no apartado de él. Esta elección explica parte de su interés por unir la conciencia individual con la acción pública.

Su carrera política avanzó de manera gradual. En 1504 EC fue elegido miembro del Parlamento y, en 1510 EC, asumió el cargo de subsheriff de Londres. Esta función le permitió intervenir en asuntos jurídicos y administrativos de la ciudad. Su reputación como abogado creció gracias a su capacidad, su honestidad y su cercanía con los ciudadanos.

En 1518 EC entró al servicio del rey Enrique VIII. Desde entonces, comenzó a ocupar cargos de mayor responsabilidad. No obstante, el ascenso político planteaba un desafío que marcaría toda su trayectoria: servir al Estado sin abandonar sus principios. Su vida pública nació así de un equilibrio difícil entre lealtad, ambición, fe y conciencia. Con el tiempo, ese equilibrio se volvería cada vez más frágil.


Utopía: imaginar una sociedad diferente

En 1516 EC, Tomás Moro publicó en Lovaina su obra más influyente: Utopía. El texto fue escrito originalmente en latín y adoptó la forma de un diálogo. De este modo, Moro podía presentar distintas ideas sin afirmar de manera directa que estuviera de acuerdo con todas ellas. Esta estructura convirtió el libro en una reflexión abierta, llena de preguntas y contradicciones.

La obra se divide en dos partes. En la primera, varios personajes conversan sobre los problemas de la sociedad europea. Critican la pobreza, las guerras, los castigos desproporcionados y la concentración de la riqueza. En la segunda, el viajero ficticio Rafael Hitlodeo describe una isla llamada Utopía. Sus habitantes viven bajo unas normas muy diferentes a las de la Inglaterra del siglo XVI.

El propio nombre contiene un juego de significados. La palabra griega ou-topos puede traducirse como «ningún lugar». Sin embargo, su pronunciación también recuerda a eu-topos, que significa «buen lugar». La sociedad ideal aparece así como algo deseable, pero quizá imposible de alcanzar por completo. Esta ambigüedad es esencial para interpretar el libro.

En la isla no existe la propiedad privada, el trabajo se distribuye entre la población y las autoridades son elegidas. Sus habitantes reciben educación y practican varias religiones. Además, la organización colectiva busca impedir que unas personas acumulen riquezas mientras otras viven en la miseria. No obstante, la sociedad utópica también mantiene prácticas difíciles de aceptar, como la esclavitud y un fuerte control sobre la vida individual.

Por esta razón, Utopía no debe leerse como un programa político que Moro quisiera aplicar literalmente. La isla funciona como un espejo deformado que permite observar con mayor claridad los defectos de Europa. El autor utiliza la imaginación, la ironía y la comparación para obligar al lector a pensar.

La gran aportación de Moro fue convertir la descripción de una sociedad ficticia en una herramienta filosófica. Desde entonces, el término «utopía» sirve para nombrar los proyectos que imaginan formas alternativas de convivencia y cuestionan aquello que una sociedad considera normal.


Propiedad, trabajo y justicia social

Uno de los temas centrales de Utopía es la relación entre la propiedad privada y la desigualdad. Tomás Moro observó que una parte de la población inglesa acumulaba tierras y riquezas, mientras muchas familias perdían sus medios de subsistencia. Esta situación se agravó con los cercamientos de tierras comunales, que fueron destinadas principalmente a la ganadería y al comercio de lana.

En la obra, Rafael Hitlodeo critica este proceso mediante una imagen llamativa: las ovejas, animales normalmente pacíficos, parecían haberse convertido en criaturas capaces de «devorar» a las personas. La expresión denunciaba cómo la búsqueda de beneficios expulsaba a los campesinos de sus tierras. Muchos terminaban en la pobreza y algunos recurrían al robo para sobrevivir.

Moro también cuestionó que el Estado respondiera a esta situación con castigos extremos. En la Inglaterra de su tiempo, determinados robos podían ser castigados con la muerte. Sin embargo, Utopía plantea que no es justo condenar al individuo sin analizar primero las condiciones sociales que favorecen el delito. Castigar la pobreza no resuelve las causas que la producen.

Frente a este modelo, los habitantes de la isla comparten los bienes y trabajan seis horas al día. Todas las personas capaces participan en las tareas necesarias. Como el trabajo se distribuye entre la comunidad, nadie necesita soportar jornadas interminables para mantener el privilegio de otros. El tiempo restante puede dedicarse al descanso, la educación y las actividades intelectuales.

El oro tampoco posee el mismo valor simbólico que en Europa. Los utopienses lo utilizan para fabricar objetos despreciados, con el propósito de evitar que la riqueza determine el prestigio personal. El valor de una persona no depende de lo que posee, sino de su aportación al bienestar colectivo.

No obstante, Moro no ofrece soluciones libres de problemas. La existencia de esclavos y la estricta organización social de la isla revelan importantes contradicciones. Su propuesta debe entenderse como una provocación filosófica. Más que entregar un sistema perfecto, invita a preguntarnos si la desigualdad es realmente inevitable o si depende de las normas creadas por cada sociedad.


Tomás Moro frente al poder de Enrique VIII

La carrera política de Tomás Moro alcanzó su punto más alto en 1529 EC, cuando Enrique VIII lo nombró lord canciller de Inglaterra. Era uno de los cargos más importantes del reino. Su elección demostraba la confianza que el monarca había depositado en él. Sin embargo, esa cercanía al poder también lo situó ante el mayor conflicto moral de su vida.

Enrique VIII deseaba anular su matrimonio con Catalina de Aragón porque no había tenido con ella un heredero varón que sobreviviera. Además, quería casarse con Ana Bolena. Como el papa no autorizó la anulación, el rey comenzó a separar la Iglesia inglesa de la autoridad de Roma. Moro no compartía esta decisión, aunque evitó enfrentarse públicamente con el monarca durante los primeros años del conflicto.

En 1532 EC renunció a su cargo. Alegó problemas de salud, pero su salida también reflejaba su desacuerdo con la dirección religiosa adoptada por la Corona. A partir de entonces, intentó mantenerse en silencio. Moro confiaba en que no expresar públicamente una oposición podría protegerlo legalmente. Sin embargo, en una época de creciente tensión política, su silencio fue interpretado como una forma de resistencia.

La situación empeoró cuando se negó a asistir a la coronación de Ana Bolena en 1533 EC. Un año después, el Parlamento aprobó el Acta de Sucesión. Esta norma reconocía como legítimos a los descendientes de Enrique VIII y Ana Bolena. Moro estaba dispuesto a aceptar el nuevo orden sucesorio, pero no podía jurar una declaración que también rechazaba la autoridad religiosa del papa.

Su negativa provocó su encarcelamiento en la Torre de Londres en abril de 1534 EC. Allí permaneció aislado y sometido a una fuerte presión para que cambiara de postura. El conflicto ya no se limitaba a decidir quién debía gobernar la Iglesia, sino que enfrentaba la obediencia política con la libertad de conciencia.

Moro había servido durante años a Enrique VIII, pero consideraba que la autoridad del rey tenía límites. Su caída mostró una realidad peligrosa: cuando el poder exige una adhesión absoluta, incluso el silencio puede convertirse en un acto de oposición.


Contradicciones, ejecución y legado histórico

La figura de Tomás Moro suele asociarse con la defensa de la conciencia frente al poder. Sin embargo, su trayectoria también contiene aspectos que deben analizarse de forma crítica. Durante su etapa como lord canciller, combatió con firmeza la expansión de las ideas protestantes. Escribió textos contra Martín Lutero y participó en la persecución de personas consideradas herejes.

Moro creía que la unidad religiosa era necesaria para mantener el orden social. Desde su perspectiva, la herejía no representaba solo un error espiritual, sino una amenaza para toda la comunidad. Esta posición era habitual en la Europa del siglo XVI, pero tuvo consecuencias graves. Algunas personas fueron encarceladas y ejecutadas por defender creencias diferentes. Quien terminó convertido en símbolo de la libertad de conciencia no reconoció plenamente esa misma libertad en sus adversarios religiosos.

Tras más de un año encarcelado, Moro fue juzgado por alta traición el 1 de julio de 1535 EC. La acusación sostuvo que había rechazado la autoridad de Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra. Durante el juicio, intentó defenderse mediante argumentos jurídicos. No obstante, el testimonio de Richard Rich, cuya veracidad fue cuestionada, resultó decisivo para condenarlo.

Tomás Moro fue decapitado el 6 de julio de 1535 EC en Tower Hill. Antes de morir, afirmó que había sido un servidor leal del rey, pero que su deber hacia Dios ocupaba un lugar superior. Su ejecución convirtió una disputa política y religiosa en un símbolo duradero del conflicto entre la autoridad externa y las convicciones personales.

En 1935 EC, la Iglesia católica lo canonizó como santo y mártir. Más tarde, en el año 2000 EC, el papa Juan Pablo II lo proclamó patrón de los gobernantes y los políticos. La literatura y el cine también difundieron una imagen heroica de su resistencia.

Sin embargo, comprender a Tomás Moro exige evitar tanto la idealización como la condena simplista. Fue un humanista innovador, un defensor de la educación y un crítico de la desigualdad. Al mismo tiempo, fue un hombre condicionado por la intolerancia religiosa de su época. Sus contradicciones no eliminan su legado, pero nos ayudan a examinarlo con mayor honestidad.


Reflexión final: la conciencia frente a la autoridad

La vida de Tomás Moro plantea una pregunta que cada generación debe responder: ¿qué debemos hacer cuando obedecer significa actuar contra nuestra conciencia? No existe una respuesta sencilla. Las leyes permiten organizar la convivencia, mientras que las instituciones protegen cierta estabilidad. Sin embargo, ninguna autoridad debería exigir que una persona renuncie por completo a su capacidad de pensar y decidir.

Moro ocupó una posición privilegiada dentro del poder político. No fue un observador externo ni un opositor desde el principio. Trabajó para Enrique VIII, aceptó responsabilidades y participó en las estructuras de su tiempo. Su conflicto apareció cuando el servicio al rey comenzó a exigirle una adhesión que consideraba incompatible con sus creencias. En ese momento, conservar su integridad tuvo un precio mayor que mantener su cargo, su libertad y su propia vida.

Su ejemplo también debe examinarse con prudencia. Defender la conciencia personal no basta si negamos a otras personas el derecho a seguir la suya. Moro se mantuvo fiel a sus convicciones, pero persiguió ideas religiosas contrarias. Esta contradicción ofrece una enseñanza importante. La verdadera libertad de conciencia solo existe cuando se reconoce también en quienes piensan de manera diferente.

Por otro lado, Utopía nos recuerda que las sociedades no son realidades inmutables. Las leyes, la distribución de la riqueza y las formas de trabajo responden a decisiones humanas. Por tanto, pueden ser cuestionadas y transformadas. Imaginar alternativas no significa escapar de la realidad. Puede ser el primer paso para observar sus injusticias con mayor claridad.

En la actualidad, muchas personas adaptan sus opiniones por miedo al rechazo, por comodidad o por deseo de conservar una posición. La presión ya no siempre procede de un monarca. También puede surgir de un gobierno, una empresa, un grupo social o una mayoría digital. Por ello, el pensamiento de Moro conserva su vigencia.

La conciencia necesita principios, pero también autocrítica, empatía y respeto por la libertad ajena. Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de Tomás Moro: imaginar un mundo mejor exige valentía, pero construirlo requiere reconocer que ninguna persona posee por sí sola toda la verdad.


Bibliografía

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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