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«El apoyo psicológico es fundamental en el tratamiento de pacientes con obesidad, ya que contribuye a la mejora del bienestar emocional y a la adherencia a los tratamientos médicos. Es crucial proporcionar una atención integral que incluya intervenciones psicológicas para abordar los factores emocionales y conductuales relacionados con la obesidad.»

Lorenzo López, 2019


La Psicología en el Tratamiento de la Obesidad

Según la OMS (2018), la obesidad y el sobrepeso se definen como una acumulación excesiva de grasa corporal, medida comúnmente mediante el Índice de Masa Corporal (IMC). En adultos, se considera sobrepeso un IMC igual o superior a 25 y obesidad un IMC igual o superior a 30. En el caso de la obesidad mórbida, el IMC debe ser igual o superior a 40. Para los niños, se utilizan desviaciones típicas por encima de la mediana de crecimiento para definir sobrepeso y obesidad, adaptadas según la edad.

La obesidad infantil está asociada a un curso crónico de la enfermedad, con un mayor riesgo de muerte prematura, problemas respiratorios, hipertensión y diabetes tipo II, entre otros trastornos. A pesar de estas consecuencias físicas y psicológicas, el DSM-5 no clasifica la obesidad como un trastorno mental, pero sí la menciona en la sección de «Otros problemas que pueden ser objeto de atención» (American Psychiatric Association, 2013).

Además, factores psicológicos, como la impulsividad y el estrés crónico, están estrechamente relacionados con la obesidad. Las personas con un patrón de personalidad tipo A, caracterizadas por ser impulsivas, tienden a ciclos repetidos de ganancia y pérdida de peso. Situaciones de estrés prolongado pueden aumentar los niveles de cortisol, incrementando el apetito y la preferencia por alimentos ricos en grasas y azúcares (Smith & Vale, 2019).

El síndrome del comedor nocturno, caracterizado por una ingesta significativa de alimentos durante la noche, está asociado con la depresión. Evaluar y tratar esta condición es crucial para abordar la obesidad de manera efectiva (Marshall, 2018).

La obesidad en la infancia no solo aumenta el riesgo de trastornos alimentarios en la adolescencia, sino que también puede afectar gravemente la autoestima y el bienestar emocional de los niños y adolescentes, perpetuando el ciclo de la obesidad (Puhl & Latner, 2007).


Prevalencia de la Obesidad en Niños y Adultos

La obesidad es un problema de salud global creciente. Según la OMS (2016), alrededor de 1900 millones de personas mayores de 18 años (39%) tenían sobrepeso, de los cuales 650 millones (13%) eran obesos. Esta prevalencia ha triplicado desde finales de los años 70, reflejando un problema de salud pública significativo y en aumento.

En cuanto a la obesidad infantil, es uno de los problemas más críticos de salud en el siglo XXI. La OMS (2016) reporta que 41 millones de niños menores de 5 años tienen sobrepeso y 340 millones de niños y adolescentes entre 5 y 19 años presentan sobrepeso y/u obesidad. El 80% de estos niños y adolescentes obesos probablemente seguirán siéndolo en la edad adulta, perpetuando el ciclo de la obesidad y sus complicaciones asociadas (Lobstein & Jackson-Leach, 2016).

Las consecuencias de la obesidad incluyen una variedad de problemas de salud, tales como enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo II, trastornos musculoesqueléticos y ciertos tipos de cáncer (Ng et al., 2014). Además, la obesidad infantil puede llevar a problemas psicológicos, como baja autoestima y depresión, que también pueden persistir en la edad adulta (Puhl & Latner, 2007).

Las tasas de obesidad varían geográficamente. En países desarrollados, la prevalencia es especialmente alta debido a la disponibilidad de alimentos altamente calóricos y estilos de vida sedentarios. Sin embargo, en países en desarrollo, la urbanización y los cambios en las dietas tradicionales también están contribuyendo al aumento de la obesidad (Popkin et al., 2012).

Los esfuerzos para combatir la obesidad deben ser multifacéticos, abarcando desde políticas públicas que promuevan una alimentación saludable y la actividad física hasta intervenciones educativas y comunitarias. Programas escolares que fomenten la actividad física y la educación nutricional son esenciales para reducir las tasas de obesidad infantil (Story et al., 2009).


Ansiedad y Obesidad

El sobrepeso y la obesidad mantienen una estrecha relación con la ansiedad, especialmente con la ansiedad generalizada, que aunque no alcance valores elevados, está presente la mayor parte del tiempo. Esta relación puede manifestarse tanto como factor predisponente como causa de la obesidad.

La ingesta emocional es un mecanismo común de afrontamiento de la ansiedad. Según Bennett et al. (2013), las personas recurren a la comida para reducir emociones negativas como la tristeza, el enfado y el aburrimiento. Este comportamiento, conocido como ingesta emocional, es influenciado por factores como el sexo, la edad, el IMC y el entorno social. Las personas con ingesta emocional tienen más oportunidades de comer en respuesta a sus emociones negativas, perpetuando el ciclo de la obesidad.

Las alteraciones metabólicas asociadas con la ansiedad también contribuyen a la obesidad. Zhao et al. (2011) encontraron una relación directamente proporcional entre el perímetro de la cintura y la presencia de ansiedad o depresión de moderada a grave. Las alteraciones en el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, causadas por la ansiedad, afectan la obesidad a través de varios procesos: aumento de la disponibilidad de glucosa en sangre, disminución de la eficacia de las señales de nutrientes, resistencia a la insulina y acumulación sostenida de grasas.

El control de la ingesta y la imagen corporal pueden generar un círculo vicioso de ansiedad y obesidad. La sensación de falta de control sobre la ingesta y la preocupación por el peso pueden provocar ansiedad. Esta ansiedad lleva a intentar perder peso, pero la falta de control sobre la comida y los fracasos en la pérdida de peso aumentan la ansiedad, perpetuando un ciclo de frustración y sentimientos de desesperanza (Luppino et al., 2010).

En conclusión, la relación entre la ansiedad y la obesidad es bidireccional y compleja. No solo la ansiedad contribuye a la obesidad, sino que la obesidad también puede aumentar la ansiedad y la depresión, creando un ciclo que se retroalimenta y que requiere una intervención integral para ser abordado eficazmente.


Promoción de la Salud Alimentaria y Prevención Psicológica en la Obesidad

La obesidad está frecuentemente asociada a trastornos psicopatológicos como la ansiedad, la depresión y los trastornos de la conducta alimentaria. Por ello, su abordaje debe ser multidisciplinar, evitando soluciones aisladas. Muchas personas creen que resolver la obesidad depende únicamente de la dieta y de una pérdida drástica de peso. Sin embargo, no se trata tanto de pérdidas elevadas, sino de lograr pérdidas suficientes para mejorar la salud. Según Denia (2011), solo el 20-30% de las personas con sobrepeso logran mantener la pérdida de peso a largo plazo.

La técnica de intervención psicológica más eficaz en la prevención de la obesidad y sus trastornos relacionados es la terapia cognitivo-conductual. Esta técnica se centra en que la persona observe su conducta mediante registros realizados por familiares o autorregistros. Es esencial identificar los pensamientos y sentimientos que aparecen antes, durante y después de comer, especialmente en situaciones de atracón o síndrome del comedor nocturno.

La psicología en pacientes con obesidad implica guiar a la persona en el establecimiento de la relación entre sentimientos, pensamientos y conducta. Esto ayuda a concienciarse de la influencia de los factores psicológicos en la obesidad y a dimensionar adecuadamente el problema. Proporcionar información psicoeducativa adaptada y realista sobre las consecuencias de la obesidad y su contexto médico es crucial para el tratamiento. La información debe ser comprensible y específica para cada individuo.

Además, es fundamental ofrecer conductas alternativas para disminuir la posible sensación de malestar que puede surgir al asimilar la presencia de un problema de salud. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser efectiva no solo en el manejo de la obesidad, sino también en la mejora de la salud mental asociada (Beck, 2011). Intervenciones que combinen la psicología y la nutrición pueden ofrecer soluciones más completas y sostenibles (Wadden & Stunkard, 2019).


Técnicas de Intervención en el Tratamiento de la Obesidad

El tratamiento de la obesidad requiere un enfoque multidisciplinario que combine estrategias de autocontrol, reestructuración cognitiva y resolución de problemas. Estas técnicas no solo abordan los aspectos físicos de la obesidad, sino también los psicológicos.

  • Autocontrol: El uso de registros de autoobservación es fundamental. Estos registros incluyen el número de comidas diarias, el tipo de alimentos consumidos y la cantidad de calorías ingeridas. Registrar estos datos ayuda a establecer metas realistas a corto y largo plazo, concienciando sobre el problema y controlando los hábitos alimenticios (Brownell, 2004).
  • Reestructuración cognitiva: Esta técnica examina los pensamientos distorsionados sobre la obesidad, como la minimización de sus consecuencias o los pensamientos de baja valía personal debido a la condición física. El objetivo es sustituir estos pensamientos por otros más apropiados y relacionarlos correctamente con los antecedentes y consecuentes. Además, se trabaja la autoestima, la autoeficacia y la imagen corporal (Beck, 2011).
  • Entrenamiento en resolución de problemas: Enseña a las personas a manejar situaciones estresantes o difíciles, fomentando la comunicación asertiva y las habilidades sociales. Esto ayuda a controlar la impulsividad y a elegir estrategias más saludables para abordar las dificultades, evitando la ingesta hipercalórica como solución. Es crucial aplicar refuerzo positivo a los logros conseguidos en cada etapa, lo que contribuye al mantenimiento de los nuevos hábitos de vida a largo plazo (Nezu, 2010).

Además, la recomendación de realizar ejercicio físico moderado y continuado, supervisado por un especialista si es necesario, tiene un impacto positivo en la pérdida de peso, la autoestima y la salud general. El ejercicio no solo ayuda a quemar calorías, sino que también mejora la salud mental y reduce el riesgo de recaída en comportamientos alimentarios poco saludables (Wadden & Stunkard, 2019).


Bibliografía:
  • Cleator J., Abbott J., Judd P., Sutton C., Wilding JP. (2012). Night eating syndrome: implications for severe obesity. Nutr Diabetes2:e44.
  • Goldbacher, E. M., Grunwald, H. E., LaGrotte, C. A., Klotz, A. A., Oliver, T. L., Musliner, K. L., y Foster, G. D. (2012). Factor structure of the Emotional Eating Scale in overweight and obese adults seeking treatment. Appetite, 59(2), 610–615.
  • Lorence, B. (2008). Perfil psicológico de la obesidad mórbida. Apuntes de Psicología, 26(1), 51-68.

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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