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La conexión mente-cuerpo es evidente en la salud cardiovascular, donde el estrés, la depresión y la ansiedad pueden influir significativamente en el desarrollo y la progresión de enfermedades cardíacas.

Roest, A. M., Martens, E. J., & de Jonge, P., 2010


Hipertensión Arterial y Factores de Riesgo

La hipertensión arterial se caracteriza por un aumento de la presión sanguínea en las arterias, multiplicando por dos el riesgo de enfermedades cardiovasculares, especialmente cuando se combina con otros factores de riesgo como el consumo de tabaco y la hipercolesterolemia (WHO, 2013). Los valores normales de presión arterial se sitúan entre 120/80 mmHg, pero se considera hipertensión cuando la presión sistólica alcanza o supera los 140 mmHg y la diastólica los 90 mmHg (Williams et al., 2018). Esta condición puede tener causas desconocidas (hipertensión esencial) o estar asociada con enfermedades orgánicas como alteraciones endocrinas o renales (Kaplan & Victor, 2018).

Aspectos psicológicos como el estrés también contribuyen al aumento de la presión arterial, lo que resulta en un engrosamiento de las arterias y una progresiva vasoconstricción (Roest et al., 2010). Este aumento de la tensión arterial incrementa el riesgo de padecer accidentes cardiovasculares (Chobanian et al., 2003). Dada su alta prevalencia y su asociación con la mortalidad, los trastornos cardiovasculares representan una preocupación significativa para la salud pública, causando el 40% de las muertes en la población (Benjamin et al., 2019).

Por tanto, el manejo de los factores de riesgo relacionados con la hipertensión es crucial para prevenir enfermedades cardiovasculares y reducir su impacto en la salud de las sociedades desarrolladas (Williams et al., 2018). Es fundamental promover estilos de vida saludables que incluyan una dieta equilibrada, ejercicio regular y técnicas de gestión del estrés para abordar de manera integral esta condición y sus implicaciones para la salud cardiovascular (Faselis et al., 2012).


Factores Psicológicos en la Hipertensión y las Enfermedades Cardiovasculares

La hipertensión esencial se caracteriza por tener causas desconocidas, aunque se reconoce que los factores psicológicos ejercen una influencia significativa en el sistema cardiovascular, produciendo alteraciones en la presión sanguínea y promoviendo el aumento del colesterol, lo cual repercute de manera indirecta en el sistema cardiovascular, incrementando la acumulación de placas de ateroma (Williams et al., 2018).

El estrés, por ejemplo, se encuentra más prevalente en zonas urbanas y en trabajos que exigen una vigilancia continua o una responsabilidad muy elevada (Roest et al., 2010). La personalidad tipo A, caracterizada por la hostilidad y un estilo de afrontamiento marcado por el rencor y las dificultades en la comunicación de problemas, también se asocia con un mayor riesgo de desarrollar hipertensión (Chobanian et al., 2003).

El consumo excesivo de sal se ha relacionado directamente con un aumento de la tensión arterial, mientras que las sustancias excitantes, como el café, el té, las bebidas de cola, así como el tabaco y otras drogas, contribuyen al riesgo de enfermedad cardiovascular (WHO, 2013). De manera similar, el consumo de alcohol, aunque moderado, está asociado con un aumento de la presión arterial, especialmente cuando se acompaña de obesidad (Faselis et al., 2012). La falta de actividad física también se considera un factor de riesgo importante, ya que el sedentarismo no solo aumenta el riesgo de hipertensión arterial, sino que también contribuye a la obesidad, ambos factores relacionados con la hipertensión y las enfermedades cardiovasculares (Benjamin et al., 2019).

Por último, es crucial tener en cuenta el fenómeno de la hipertensión condicionada, también conocida como hipertensión de bata blanca, donde la elevación de la tensión arterial se produce en respuesta a los artefactos de medición y al contexto emocional durante la medición, más que como consecuencia directa de la ansiedad del paciente (Kaplan & Victor, 2018).


Técnicas de Relajación en la Prevención Cardiovascular

Dadas las relaciones entre la presencia de estrés y el riesgo de enfermedades cardiovasculares, las técnicas de relajación son una opción psicoterapéutica clave para la prevención primaria. El entrenamiento en la relajación progresiva de Jacobson se plantea como la técnica de relajación de opción. Esta, combinada con técnicas de biofeedback y terapia cognitiva, ayuda al individuo a la identificación de las situaciones estresantes que previenen el inicio de la cascada fisiológica del estrés y, en consecuencia, su efecto sobre el sistema cardiovascular (Jacobson, 1938; Taylor et al., 2007).

Es crucial considerar tres características importantes que determinan la efectividad del uso de la relajación en la prevención de los trastornos cardiovasculares: 1) El entrenamiento en relajación suele realizarse en vivo. 2) La relajación debe practicarse regularmente para poder observar sus efectos de neutralización como factor de riesgo. 3) La aplicación de la relajación a las situaciones adecuadas (manejo de las situaciones de tensión a través del entrenamiento en relajación) (Benson & Klipper, 2000).

Asimismo, otro de los efectos para tener en cuenta es la generación de una sensación subjetiva de mejora del estado de ánimo, que repercute directa y positivamente en estados de ansiedad generados por la presencia de estrés y, de manera indirecta, en aspectos cardiovasculares. Además, el manejo del estrés también es efectivo para disminuir la cantidad de fármacos necesarios para regular la hipertensión arterial, controlar el nivel de ingesta, sobre todo, de carbohidratos que conllevan sobrepeso y aumento del colesterol, y regular los rasgos de personalidad tipo A (Araújo et al., 2015). El uso de programas de afrontamiento al estrés mejora el control de las situaciones estresantes y, en consecuencia, mejoran las complicaciones cardiovasculares consecuentes a la presencia de dicho estrés.


Promoción de Estilos de Vida Saludables

La combinación entre tratamiento farmacológico e intervención psicológica se ha destacado como una estrategia eficaz en el manejo de la hipertensión arterial (Ogedegbe et al., 2008). Un enfoque fundamental dentro de esta intervención psicológica es la promoción de cambios en los estilos de vida hacia patrones más saludables.

Modificar los hábitos de vida es crucial para controlar la presión arterial y prevenir complicaciones cardiovasculares (Appel et al., 2003). Los aspectos comportamentales, como la dieta y la actividad física, juegan un papel fundamental en el control de la hipertensión. Por ejemplo, la adopción de una dieta rica en frutas, verduras, granos enteros y baja en sodio puede reducir la presión arterial (Whelton et al., 2018). Además, la reducción del consumo de alcohol y el abandono del tabaquismo son cambios de estilo de vida importantes para el manejo de la hipertensión (Glynn et al., 2010).

La terapia cognitivo-conductual se ha mostrado efectiva en promover cambios de comportamiento hacia estilos de vida más saludables (Blumenthal et al., 2017). Esta terapia ayuda a identificar pensamientos y creencias negativas que pueden obstaculizar la adopción de hábitos saludables y proporciona estrategias para superar barreras y fomentar cambios positivos.

Un componente clave de la intervención psicológica es la educación y el apoyo continuo al paciente. Proporcionar información sobre los beneficios de los cambios en el estilo de vida y brindar herramientas prácticas para implementar estos cambios puede aumentar la motivación y la adherencia al tratamiento (Morisky et al., 1986).


Biofeedback y Control de la Presión Arterial

La aplicación de técnicas de biofeedback conlleva la desactivación generalizada del organismo y, por ello, nos permite obtener un control sobre la frecuencia cardíaca, el ritmo respiratorio y la presión arterial (Lehrer & Woolfolk, 2007). La técnica del manguito de presión consiste en la medición con el esfigmomanómetro de la presión arterial. El manguito se coloca en el brazo, sin presionar, y se infla hasta llegar a una presión aproximada de 200 mmHg, registrando en este momento la presión sistólica (Pickering et al., 2005). A continuación, se desinfla a unos 2-3 mmHg por segundo y se registra la presión diastólica (se anota el momento en el que desaparece el sonido).

La técnica de la velocidad del pulso sanguíneo consiste en la medición y la observación de los cambios en la presión, el flujo de sangre y la velocidad con la que la sangre es propulsada a las arterias tras la sístole cardíaca (Cavalcanti et al., 2010).

Con ambas técnicas se pretende crear en el individuo un mecanismo de retroalimentación para que este sea capaz de controlar sus cifras tensionales y, a partir de esa sensación de control, la ‘preocupación’ sobre la tensión arterial disminuya, generando un efecto en la disminución del estrés asociado (Del Pozo et al., 2018). En definitiva, es un mecanismo de autorregulación conductual que permite la prevención de los trastornos cardiovasculares.

La aplicación de técnicas de biofeedback permite una monitorización precisa de la actividad fisiológica del individuo, promoviendo así la conciencia y el control sobre los procesos corporales (Lehrer & Woolfolk, 2007). Además, estas técnicas ofrecen una herramienta efectiva para la gestión del estrés, ya que facilitan la relajación y la reducción de la respuesta de lucha o huida, lo que contribuye a la prevención de trastornos cardiovasculares.


Estrategias Cognitivas en la Prevención Cardiovascular

Teniendo como marco teórico el modelo transteórico del cambio propuesto por Prochaska y DiClemente (1983), uno de los objetivos de la intervención cognitiva será reestructurar la percepción de la salud del individuo y de sus hábitos de vida para que se sitúe en la etapa de contemplación.

Para ello, se puede utilizar la terapia racional emotiva de Ellis, 1962, cuyo objetivo es la evaluación del pensamiento disfuncional (creencias irracionales a partir de las cuales la persona genera pensamientos distorsionados sobre lo que le rodea) del individuo para atribuir correctamente los elementos causales y modificar los consecuentes conductuales y emocionales. Con ello, podremos generar una adecuada percepción del problema (generar creencias racionales).

Una vez que el sujeto sea consciente de su problema, este debe llevar a cabo el balance de decisión, donde se valora los pros y contras de llevar a cabo el cambio. Este proceso se prolonga durante la etapa de contemplación y la siguiente, donde accede a la denominada ‘preparación’ para el cambio. A continuación, una vez que el sujeto ya ha tomado la decisión y pretende cambiar, continúa hacia la siguiente etapa denominada «acción», que consiste en la puesta en marcha del cambio y que implica el manejo de pensamientos disruptivos que interfieran con la consecución del objetivo.

Por último, el aumento de tensión arterial condicionado a elementos ambientales (como el fenómeno de la bata blanca) se produce por la existencia de determinados estímulos que se perciben como amenazantes (artefactos de medición, consideración sobre los profesionales que van a realizar la prueba…) que alteran el equilibrio interno del individuo. En este contexto, la intervención más eficaz son los paquetes de tratamiento que integran estrategias para la desactivación fisiológica (relajación); psicoeducación, cambio en los estilos de vida y reestructuración cognitiva.


Bibliografía:

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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