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En el día de hoy se ahondará en el concepto de resistencia al cambio. Veremos las situaciones en las que puede surgir, cómo identificarlas, y algunas indicaciones para saber intervenir cuando se presenta. Algunas de estas resistencias son las relacionadas con el propio paciente y su disposición a trabajar y asumir la responsabilidad de su recuperación, las resistencias causadas por la actitud o conducta del terapeuta, o aquellas que surgen debido a la interacción entre ambos.



Escenas temidas con adultos:

El paciente entiende la necesidad de cambio, pero le cuesta asumirlo.

En estos casos, el psicólogo debe valorar, en primer lugar, si hay ganancias secundarias que estén dificultando el cambio, por ejemplo, una baja laboral, la evitación de responsabilidades, etc. (estos pacientes suelen llegar tarde a las citas o anularlas, no hacer las tareas, etc.). Puede estar relacionado también con una baja autoestima, entendiendo que no tiene capacidad de cambio.

En cualquier caso, la decisión del cambio tiene que ser del paciente; no puede ser que el terapeuta tenga más interés que el paciente, y así se lo podemos transmitir, sin perder la capacidad de empatizar con las dificultades que pueda estar teniendo.


El paciente cuestiona las tareas propuestas.

En este caso, es importante compartir con el paciente la finalidad de las tareas, qué papel tienen en el proceso terapéutico, dentro del diseño global del plan terapéutico.

Hay que tener en cuenta que algunas tareas pueden ser muy tediosas y, en algunos momentos, excesivas. Por ejemplo, a un paciente con un cuadro depresivo grave, rellenar autorregistros de forma diaria puede resultarle demasiado costoso. Antes de proponer tareas, tenemos que tener muy clara su función y poder transmitírsela al paciente.


El paciente muestra interés por el terapeuta o le pregunta sobre su vida privada.

En el caso de que un paciente muestre su atracción por el terapeuta, la labor de este se debe centrar en reorganizarlo y rechazarlo de forma firme y asertiva. Tenemos que ser muy cuidadosos de no dar pie a este tipo de situaciones, que por el contexto de vinculación emocional intensa pueden ocurrir. Por ejemplo, el paciente puede proponernos quedar en una cafetería, o incluso ir a su casa.
En algunos casos, si se mantiene, es responsabilidad del terapeuta derivarle a otro profesional, ya que esto va a generar interferencias en el proceso terapéutico. Por este motivo, es importante que estemos atentos a la presencia de comentarios o insinuaciones personales y no ignorarlos por evitar situaciones incómodas; hay que afrontar la situación de forma directa, explicitando lo que es aceptable y lo que no.


Escenas temidas con niños y adolescentes:

Cuando mienten demasiado.

Una situación recurrente en consulta que puede dificultar la interacción y la intervención con el menor. Debemos comprender que, cuando un niño miente, pretende evitar un castigo recurriendo a esta estrategia por falta de opciones.

Por tanto, es necesario prestar atención a todas las variables que puedan estar impulsado esa conducta y motivar al menor a decir lo que piensa y siente, reforzando la idea de que se encuentra en un lugar seguro y haciendo hincapié en la confidencialidad, en los motivos por los que está ahí. También podemos aceptar la mentira inicial, contrastar información con terceros, y confrontar cuando caiga en contradicciones, o modelar conductas más adaptativas, sobre todo con niños pequeños (contando historias sobre la verdad y la mentira y sus consecuencias).


No atiende o no se concentra.

No podemos convertir la sesión en una tormenta de preguntas cuando trabajamos con adultos, y menos todavía con niños. Al final lo único que conseguiremos es que se aburran, o se cansen y no presten atención o no quieran colaborar. Ante estas situaciones, debemos estar dispuestos a adaptarnos y a estar disponibles para el juego, para el dibujo o para la charla más distendida, priorizando la conexión con el niño antes que la recogida de información. Recordemos que forma parte de la conducta normal de los niños el moverse y tener dificultades para permanecer inmóviles y atentos todo el tiempo que dure la sesión. Por tanto, hemos de ser flexibles, generar un ambiente agradable, evitar ser condescendientes y fomentar su implicación en el proceso terapéutico.


El niño que tiene rabietas.

No podemos convertir la sesión en una tormenta de preguntas cuando trabajamos con adultos, y menos todavía con niños. Al final lo único que conseguiremos es que se aburran, o se cansen y no presten atención o no quieran colaborar. Ante estas situaciones, debemos estar dispuestos a adaptarnos y a estar disponibles para el juego, para el dibujo o para la charla más distendida, priorizando la conexión con el niño antes que la recogida de información. Recordemos que forma parte de la conducta normal de los niños el moverse y tener dificultades para permanecer inmóviles y atentos todo el tiempo que dure la sesión. Por tanto, hemos de ser flexibles, generar un ambiente agradable, evitar ser condescendientes y fomentar su implicación en el proceso terapéutico.


Bibliografía:

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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