«El dolor crónico en personas mayores no solo afecta al cuerpo, sino que erosiona silenciosamente la dignidad emocional si no se acompaña con una escucha activa y humana»
Saenz Castaño, Jagoba, 2025.
El Dolor que No se Ve: comprendiendo el dolor crónico en personas mayores
El dolor crónico en las personas mayores es más que una molestia física. A menudo se convierte en un compañero silencioso que limita la movilidad, altera el ánimo y cambia por completo la forma en que se vive el día a día. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2021), al menos una de cada cinco personas mayores sufre dolor persistente, lo que afecta su calidad de vida y su independencia.
Además de lo físico, este tipo de dolor tiene un fuerte impacto emocional. Como explica Gureje et al. (2018), muchas personas mayores que padecen dolor crónico también desarrollan síntomas de depresión y ansiedad. Cuando el dolor no cesa, es común que aparezca una sensación de desesperanza, aislamiento y pérdida de sentido. Esto se agrava cuando el entorno no valida su malestar o lo minimiza.
El dolor también rompe rutinas, interfiere en el sueño y afecta las relaciones sociales. Según Reid et al. (2020), las personas mayores que no reciben un tratamiento adecuado tienden a reducir su participación en actividades sociales, lo que puede empeorar su estado emocional. Este aislamiento no es solo físico, sino también psicológico.
Por todo esto, es fundamental entender que el dolor crónico en la vejez no es una parte “normal” del envejecimiento. Requiere escucha, intervención y una mirada integral. Como menciono en la cita de este apartado, “el dolor crónico en personas mayores no solo afecta al cuerpo, sino que erosiona silenciosamente la dignidad emocional si no se acompaña con una escucha activa y humana”.
La Percepción del Dolor en las Personas Mayores
Las personas mayores no siempre expresan el dolor de la misma forma que los jóvenes. Muchas veces lo minimizan o creen que es algo normal con la edad. Esto hace que no pidan ayuda o que se retrase el tratamiento. Según Lautenbacher et al. (2017), en la vejez el umbral del dolor cambia, lo que modifica cómo se percibe y se comunica ese malestar.
Además, factores psicológicos como el miedo, la tristeza o la soledad pueden intensificar la sensación de dolor. El estudio de Edwards et al. (2016) mostró que los adultos mayores con síntomas depresivos tienden a experimentar el dolor como más intenso y más difícil de soportar, incluso cuando su causa física no ha empeorado. La mente influye en cómo se siente el cuerpo.
También influye la historia personal y las experiencias previas con el dolor. Por ejemplo, quienes han sufrido enfermedades graves o han tenido una recuperación difícil suelen percibir el dolor con más preocupación. Esto puede llevar a una mayor atención al malestar físico, creando un círculo difícil de romper.
Otro aspecto importante es la falta de escucha por parte del entorno. Cuando familiares o profesionales restan importancia a lo que sienten, muchas personas mayores se callan. Esto afecta su bienestar y genera desconfianza. Como indica Herr et al. (2019), reconocer y validar lo que expresan es clave para aliviar el sufrimiento.
Por ello, comprender la percepción del dolor en la vejez implica mirar más allá del síntoma físico. Cada persona lo vive de forma única, y merece una atención empática y completa.
Variables Asociadas
El dolor crónico en las personas mayores no aparece solo. Se relaciona con diferentes factores que influyen en su intensidad, duración y malestar emocional. Estas variables deben conocerse para poder intervenir de forma adecuada.
Una de las más frecuentes es el estado de ánimo. Según Bair et al. (2017), existe una conexión directa entre el dolor persistente y síntomas como la depresión y la ansiedad. Estos estados no solo afectan la forma en que se vive el dolor, sino que también pueden empeorar su percepción y hacer más difícil la recuperación.
Otra variable clave es la calidad del sueño. Cuando el dolor impide descansar bien, el cuerpo no se recupera, y el malestar se acumula. Finan et al. (2018) explican que el sueño interrumpido aumenta la sensibilidad al dolor, generando un ciclo difícil de romper. Dormir mal y sentir dolor se retroalimentan.
También influyen los niveles de actividad física. Muchas personas mayores dejan de moverse por miedo a empeorar el dolor. Sin embargo, esto suele tener el efecto contrario. Según Geneen et al. (2017), la inactividad prolongada reduce la movilidad, aumenta la rigidez y puede intensificar el dolor. Mantener rutinas suaves y adaptadas es esencial.
Finalmente, el apoyo social cumple un papel protector. Sentirse acompañado, comprendido y valorado ayuda a reducir la percepción del sufrimiento. Cuando el entorno es cálido y empático, el dolor pesa menos, como señalan Ramírez-Maestre et al. (2020).
Estas variables nos muestran que el dolor crónico es un fenómeno complejo y multidimensional, que necesita un enfoque amplio y personalizado.
Creencias asociadas al dolor
Las personas mayores no solo sienten dolor; también piensan y creen cosas sobre él. Estas creencias influyen en cómo lo viven, lo expresan y cómo buscan ayuda. Cuando alguien cree que su dolor es inevitable o incurable, es más probable que lo acepte en silencio y no intente cambiar su situación. Esto puede agravar el malestar.
Un estudio de Vlaeyen y Linton (2016) demostró que muchas personas desarrollan miedo al movimiento por pensar que el dolor significa daño. Esta creencia lleva a evitar actividades físicas, lo cual empeora la rigidez muscular y aumenta la sensación de dolor. El miedo se convierte en una barrera que bloquea la mejora.
Otra creencia común es pensar que el dolor es una parte natural de envejecer. Esta idea, según Cormie et al. (2018), puede hacer que muchos adultos mayores no hablen con su médico ni pidan apoyo. Como resultado, no reciben tratamientos adecuados ni orientación para manejar su situación.
También hay quien cree que expresar dolor es signo de debilidad, especialmente en generaciones que fueron educadas para “aguantar”. Esta creencia puede llevar al silencio, al aislamiento y a una falta de conexión con quienes podrían brindar apoyo emocional.
Por eso, identificar estas creencias es clave para cambiar el enfoque. Como explica Jensen et al. (2015), trabajar con las ideas que una persona tiene sobre su dolor ayuda a reducir su impacto negativo y a recuperar una sensación de control.
Las creencias no siempre se ven, pero influyen en todo. Revisarlas, cuestionarlas y transformarlas puede marcar la diferencia en cómo se vive el dolor.
Conductas de dolor y estilo de afrontamiento
Cada persona responde al dolor de manera diferente. Algunas lo expresan con gestos, otras en silencio. Estas formas de actuar frente al dolor se llaman conductas de dolor y están muy relacionadas con el estilo de afrontamiento, es decir, cómo una persona enfrenta lo que le ocurre.
Hay personas mayores que optan por un afrontamiento pasivo, esperando que el dolor desaparezca solo o creyendo que no pueden hacer nada para cambiarlo. Este estilo, según Keefe et al. (2018), suele relacionarse con más malestar emocional, menos actividad física y peor calidad de vida. Además, puede aumentar la dependencia hacia otros.
En cambio, otros adoptan un afrontamiento activo, buscando soluciones, pidiendo ayuda o manteniéndose en movimiento. Este tipo de respuesta está asociado con una mejor adaptación al dolor, como señalan Esteve et al. (2021). Participar en ejercicios suaves, seguir indicaciones médicas o expresar las emociones puede aliviar el sufrimiento.
También hay conductas que llaman la atención del entorno, como quejarse frecuentemente, evitar ciertas posturas o pedir ayuda constantemente. Aunque son respuestas comprensibles, pueden reforzarse si solo reciben atención cuando hay queja. Fordyce (1988) ya destacaba que el refuerzo social puede mantener estas conductas, incluso cuando el dolor mejora.
Por eso, es clave ayudar a las personas mayores a reconocer su estilo de afrontamiento y sus conductas habituales, y a desarrollar recursos más eficaces. Con el acompañamiento adecuado, pueden sentirse con más control y esperanza frente a su dolor.
Cambiar cómo se actúa frente al dolor puede transformar cómo se siente. No se trata de ignorarlo, sino de aprender a convivir con él sin rendirse.
Estado emocional
El estado emocional influye directamente en la percepción del dolor. Cuando una persona mayor se siente triste, ansiosa o sola, el dolor se vuelve más intenso. Esto no significa que el malestar físico sea imaginario, sino que la mente y el cuerpo están conectados, y se afectan mutuamente.
Un estudio de Williams et al. (2016) mostró que las personas con síntomas depresivos perciben el dolor como más severo, incluso si su causa física no ha cambiado. La tristeza hace que el cuerpo esté más sensible y que se pierda la motivación para buscar alivio.
La ansiedad también amplifica el dolor. Según Quartana et al. (2009), las personas mayores que viven en constante preocupación tienden a prestar más atención a sus sensaciones corporales. Esto puede generar una especie de “lupa”, donde el dolor se siente más fuerte de lo que es, creando un ciclo difícil de romper.
Además, la soledad emocional agrava esta experiencia. Sentirse desconectado del entorno, no tener con quién hablar o sentirse poco comprendido, añade sufrimiento al dolor físico. Cacioppo et al. (2015) explican que la soledad no solo afecta la mente, sino también el sistema inmunológico y la tolerancia al dolor.
Por eso, cuidar el estado emocional es parte esencial del tratamiento del dolor crónico. No basta con pastillas o ejercicios. También hace falta hablar, compartir, expresar y sentirse acompañado.
El bienestar emocional no elimina el dolor, pero puede aliviar su peso. Cuando el corazón encuentra calma, el cuerpo también respira un poco mejor.
Procesos atencionales
La forma en la que una persona mayor presta atención a su dolor puede cambiar por completo su experiencia. Cuando el foco está constantemente puesto en el malestar, el dolor se vuelve más intenso y difícil de manejar. Es como si al observarlo todo el tiempo, creciera.
Eccleston y Crombez (2007) demostraron que el dolor capta la atención de forma automática, especialmente cuando no hay otras actividades que lo desplacen. Si una persona mayor pasa gran parte del día sin distracciones, su mente tiende a centrarse en la molestia. Esto aumenta la percepción del dolor y refuerza el malestar.
Por otro lado, la rumiación —dar vueltas a los pensamientos sobre el dolor— también influye. Buenas investigaciones como la de Schoth et al. (2012) indican que las personas que piensan todo el tiempo en cómo afecta su vida el dolor, tienden a sentirlo como más limitante, incluso si el daño físico no ha empeorado.
Pero la atención también puede entrenarse. Practicar ejercicios de atención plena o mindfulness ayuda a cambiar el foco hacia otros aspectos del presente, como la respiración o los sonidos del entorno. Garland et al. (2014) encontraron que este tipo de técnicas disminuyen el impacto emocional del dolor y mejoran el ánimo en personas mayores.
Por eso, comprender cómo los procesos atencionales influyen en el dolor permite abrir nuevas vías de intervención. Desviar la atención no es negar el dolor, sino darle menos espacio para ocupar la vida entera.
Aprender a mirar hacia otro lado, aunque el dolor esté presente, puede ser una forma poderosa de recuperar bienestar.
Redes de apoyo y relaciones sociales
Las personas mayores con dolor crónico no solo necesitan tratamiento médico, también necesitan sentirse acompañadas. El apoyo social es uno de los factores que más influye en cómo se vive el dolor. Cuando hay alguien que escucha, cuida y comprende, el malestar se vuelve más llevadero.
Un estudio de Takai et al. (2016) señaló que las personas mayores que cuentan con redes de apoyo cercanas sienten menos dolor y presentan mejor estado emocional. No se trata solo de compañía física, sino de sentir que uno importa para alguien. Este vínculo tiene un valor terapéutico real.
En cambio, la soledad o el aislamiento social aumentan el sufrimiento. Según Smith et al. (2020), la falta de relaciones cercanas está relacionada con un mayor riesgo de depresión, deterioro funcional y empeoramiento del dolor. La sensación de “estar solo en esto” añade carga emocional al dolor físico.
Además, el entorno influye en la forma de actuar ante el dolor. Cuando la familia o los cuidadores refuerzan la autonomía y ofrecen apoyo sin sobreproteger, la persona se siente más capaz. Como explica Cano et al. (2018), el estilo de relación dentro del hogar puede facilitar o dificultar el afrontamiento activo del dolor.
Las relaciones humanas no curan el dolor crónico, pero pueden dar sentido, alivio y fortaleza. Estar rodeado de afecto es, en muchos casos, el mejor analgésico emocional.
La Evaluación del Dolor Crónico
Evaluar el dolor crónico en personas mayores es un paso esencial para comprender su impacto real y diseñar una intervención adecuada. No basta con preguntar si hay dolor. Es necesario explorar cómo se siente, cuándo aparece, cuánto limita y cómo afecta a la vida diaria.
La evaluación debe incluir tanto aspectos físicos como emocionales. Según Herr et al. (2011), una valoración completa del dolor crónico en personas mayores debe tener en cuenta la intensidad, la localización, la duración y también el estado de ánimo, la calidad del sueño y la funcionalidad diaria. Solo así se puede captar la complejidad del malestar.
Existen herramientas validadas que facilitan este proceso. Por ejemplo, la Escala Visual Analógica (EVA) y la Escala Numérica del Dolor permiten valorar la intensidad del dolor de forma sencilla. Además, la Brief Pain Inventory (Cleeland & Ryan, 1994) ofrece información sobre cómo el dolor interfiere en diferentes áreas de la vida cotidiana, como el sueño o la actividad física.
En personas con dificultades cognitivas, es importante usar métodos observacionales. La Pain Assessment in Advanced Dementia Scale (PAINAD) permite detectar señales como gestos faciales, cambios en la respiración o expresiones verbales, como sugieren Warden et al. (2003).
Evaluar el dolor no es solo medirlo, sino darle voz y sentido. La evaluación permite escuchar lo que el cuerpo y la mente comunican, especialmente cuando el dolor se ha vuelto parte del día a día.
Una buena evaluación es el primer paso para aliviar el sufrimiento.
Importancia de una evaluación multidimensional
El dolor crónico en las personas mayores no puede evaluarse con una sola pregunta. Requiere una mirada amplia, que considere el cuerpo, las emociones, los pensamientos y el entorno. Esta es la base del enfoque multidimensional, que busca entender cómo el dolor afecta a la persona en su totalidad.
Melzack y Casey (1968) fueron los primeros en proponer que el dolor tiene tres componentes: sensorial, emocional y cognitivo. Esto significa que no solo importa dónde duele o cuánto duele, sino también cómo se interpreta ese dolor y cómo se siente emocionalmente. Esta visión sigue vigente en la actualidad.
Según Gatchel et al. (2007), una evaluación efectiva del dolor crónico en personas mayores debe incluir variables como: intensidad del dolor, impacto en la funcionalidad, estado de ánimo, calidad del sueño, creencias personales, estrategias de afrontamiento y apoyo social. Todos estos elementos están interconectados y pueden influirse mutuamente.
Además, el envejecimiento puede modificar la forma en que se expresa el dolor. Algunas personas lo minimizan, otras lo silencian o lo mezclan con otras molestias. Por eso, es clave evaluar con sensibilidad y sin prisas, entendiendo que cada persona vive su dolor de forma única.
Una evaluación multidimensional permite ver más allá del síntoma. Ayuda a construir un mapa del sufrimiento, para poder actuar con mayor eficacia y humanidad.
Instrumentos de evaluación
Contar con buenos instrumentos es esencial para medir el dolor crónico en personas mayores. Estas herramientas permiten conocer la intensidad, frecuencia y el impacto del dolor en la vida diaria. Además, ayudan a establecer un punto de partida y a evaluar si los tratamientos funcionan.
Una de las escalas más utilizadas es la Escala Visual Analógica (EVA). Consiste en una línea donde la persona marca cuánto le duele, desde “nada de dolor” hasta “el peor dolor imaginable”. Es simple, rápida y fácil de usar, como señalan Hawker et al. (2011).
Otra opción es la Escala Numérica del Dolor, donde se pide a la persona que califique su dolor del 0 al 10. Esta herramienta es especialmente útil cuando se repite con el tiempo, ya que permite ver si el dolor aumenta, disminuye o se mantiene.
Para evaluar el impacto del dolor en la vida diaria, se recomienda el uso del Brief Pain Inventory (BPI). Esta escala, desarrollada por Cleeland y Ryan (1994), analiza cómo el dolor interfiere en áreas como el sueño, la movilidad o el estado de ánimo. Es una herramienta muy completa y adaptada al contexto clínico.
También existen cuestionarios más detallados, como el McGill Pain Questionnaire, que permite explorar las características cualitativas del dolor, como si es punzante, quemante o sordo. Aunque es más largo, ofrece información muy rica (Melzack, 1975).
Usar los instrumentos adecuados permite dar estructura a lo que muchas veces es invisible. Poner palabras y números al dolor ayuda a que sea escuchado y atendido con mayor precisión.
Entrevista clínica
La entrevista clínica es una herramienta clave para comprender el dolor crónico en las personas mayores. A diferencia de los test, permite explorar en profundidad cómo vive la persona su dolor, qué piensa sobre él y cómo afecta a su vida cotidiana. Es un espacio de escucha activa, sin juicios ni prisas.
Durante la entrevista, se pueden recoger datos sobre el inicio del dolor, su evolución, los tratamientos utilizados y las estrategias que la persona ha puesto en práctica. Además, permite observar el lenguaje verbal y no verbal, lo que puede ofrecer pistas sobre el malestar emocional asociado.
Según Turk y Melzack (2011), la entrevista clínica permite personalizar la evaluación, adaptándola a las características de cada paciente. No se trata solo de obtener información, sino de construir una relación de confianza que facilite la expresión del dolor.
Es importante realizar preguntas abiertas, como: “¿Cómo afecta el dolor a su día a día?”, “¿Hay momentos en los que duele más?”, o “¿Qué cree que lo empeora o mejora?”. Este tipo de preguntas ayudan a entender la vivencia subjetiva del dolor y permiten detectar creencias, miedos o barreras.
Además, la entrevista permite explorar factores psicológicos y sociales, como el apoyo familiar, el estado emocional o el nivel de actividad. Estos elementos pueden influir tanto en la percepción del dolor como en la forma de afrontarlo (Gatchel et al., 2007).
Una buena entrevista clínica no solo informa, sino que conecta con la experiencia del otro. Escuchar con empatía puede ser el primer paso para aliviar un sufrimiento que, muchas veces, no ha sido nombrado.
Evaluación en casos de deterioro cognitivo
Evaluar el dolor crónico en personas mayores con deterioro cognitivo presenta desafíos adicionales. En estos casos, las personas pueden dificultar la comunicación sobre su dolor, ya sea porque no recuerdan o no pueden expresar sus sensaciones claramente. Por ello, es necesario usar un enfoque más adaptado y observacional.
Uno de los métodos más efectivos es la observación directa. Los cuidadores y profesionales deben estar atentos a las señales no verbales, como gestos faciales, posturas rígidas, cambios en la expresión facial o el comportamiento. La Pain Assessment in Advanced Dementia (PAINAD) (Warden et al., 2003) es una herramienta especialmente útil, ya que permite evaluar el dolor observando estos indicadores. Esta escala ayuda a detectar malestar cuando el paciente no puede verbalizarlo.
Además, la Escala de Observación del Dolor en Demencia (DOS) es otra herramienta que observa conductas como agitación, irritabilidad, o incluso agresividad, que pueden estar relacionadas con el dolor. Estas conductas, según Herr et al. (2011), suelen ser respuestas al sufrimiento físico que no se expresan con palabras.
El uso de cuestionarios y entrevistas con cuidadores también es fundamental. Preguntar sobre cambios en el comportamiento o el estado de ánimo puede ofrecer pistas importantes. El cuidado emocional también debe ser parte del enfoque, ya que el dolor crónico puede generar angustia adicional en estas personas, afectando su calidad de vida.
Así, en los casos de deterioro cognitivo, una evaluación efectiva del dolor crónico depende de una combinación de observación cuidadosa, herramientas especializadas y el testimonio de quienes cuidan al paciente.
El Tratamiento del Dolor Crónico
El tratamiento del dolor crónico en personas mayores es complejo, ya que involucra un enfoque multidisciplinario que debe considerar tanto los aspectos físicos como emocionales. No hay un solo tratamiento que funcione para todos; más bien, se requiere una combinación de intervenciones que ayuden a reducir el dolor y mejorar la calidad de vida.
1. Tratamientos farmacológicos
Los medicamentos son frecuentemente la primera opción para tratar el dolor crónico. Los analgésicos como los AINEs (antiinflamatorios no esteroideos), el paracetamol y, en algunos casos, los opióides se utilizan para aliviar el dolor. Sin embargo, como señalan Manchikanti et al. (2014), el uso prolongado de opióides puede traer efectos secundarios graves, especialmente en personas mayores, como sedación, constipación y riesgo de dependencia. Por eso, se busca minimizar su uso y combinarlo con otros enfoques.
2. Terapias no farmacológicas
Además de los medicamentos, las terapias físicas y ocupacionales son cruciales para mantener la movilidad y reducir el dolor. La rehabilitación física, con ejercicios adaptados, puede mejorar la flexibilidad y fortalecer los músculos, lo que reduce la rigidez y el dolor (Geneen et al., 2017). Otras técnicas como el masaje terapéutico, la acupuntura y la electroterapia también han mostrado beneficios en algunos pacientes.
3. Terapias psicológicas
El dolor crónico tiene un fuerte componente emocional. Terapias como la terapia cognitivo-conductual (TCC) son útiles para cambiar las creencias negativas sobre el dolor y enseñar a los pacientes a manejar mejor sus emociones. Las intervenciones psicológicas pueden reducir el sufrimiento psicológico asociado al dolor y mejorar la calidad de vida (Sullivan et al., 2015).
4. Enfoque integral
El tratamiento debe incluir no solo medicación y fisioterapia, sino también un enfoque más amplio que considere el bienestar emocional y social de la persona. Esto incluye el apoyo psicológico, la interacción social y la mejora del entorno familiar. El objetivo es que la persona no solo reduzca el dolor, sino que pueda continuar disfrutando de una vida plena y activa.
Tratamientos farmacológicos
El tratamiento farmacológico es una de las opciones más comunes para aliviar el dolor crónico en personas mayores. Sin embargo, debido a los efectos secundarios y las posibles interacciones con otros medicamentos, es esencial tener un enfoque cuidadoso y personalizado.
Los analgésicos no opioides como el paracetamol y los antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) son las opciones más utilizadas para el dolor leve a moderado. Según Moore et al. (2015), el paracetamol es efectivo para el dolor de intensidad baja a moderada, pero su uso a largo plazo debe ser supervisado debido a los posibles efectos hepáticos. Los AINEs, como el ibuprofeno o el diclofenaco, son efectivos para el dolor relacionado con la inflamación, pero deben usarse con cautela en personas mayores debido a sus efectos sobre el sistema gastrointestinal y el riesgo de úlceras (Belsey et al., 2016).
Cuando el dolor es más intenso o no responde a los medicamentos anteriores, los opióides como la morfina o el oxicodona pueden ser necesarios. Sin embargo, como afirman Manchikanti et al. (2014), el uso prolongado de opióides en personas mayores debe ser estrictamente controlado, ya que pueden causar efectos secundarios graves, como sedación excesiva, estreñimiento crónico y riesgo de dependencia.
Además de los analgésicos convencionales, se pueden considerar fármacos adyuvantes, como los antidepresivos y los anticonvulsivos. Estos medicamentos, como el duloxetina o la gabapentina, han demostrado ser efectivos en el tratamiento del dolor neuropático, que es común en muchas personas mayores (Finnerup et al., 2015).
La clave en el tratamiento farmacológico es equilibrar la eficacia del medicamento con los riesgos, ajustando la dosis y monitoreando los efectos secundarios.
Terapias no farmacológicas
Las terapias no farmacológicas son esenciales en el tratamiento del dolor crónico en personas mayores, especialmente cuando se busca reducir la dependencia de los medicamentos o cuando estos presentan efectos secundarios indeseables. Estas terapias pueden incluir enfoques físicos, psicológicos y de bienestar emocional.
Una de las más comunes es la terapia física, que incluye ejercicios de rehabilitación y movilización. La fisioterapia se enfoca en mejorar la flexibilidad, fuerza y movilidad, lo cual ayuda a reducir la rigidez y la sensación de dolor. Como señalan Geneen et al. (2017), la actividad física mejora la función física y disminuye el dolor en diversas condiciones, como la artritis o el dolor muscular.
El masaje terapéutico también es ampliamente utilizado. Este tratamiento puede reducir la tensión muscular, mejorar la circulación y proporcionar una sensación de bienestar general. Según Field (2014), el masaje en personas mayores con dolor crónico puede reducir los niveles de ansiedad y promover una sensación de relajación profunda.
Otras intervenciones no farmacológicas incluyen la acupuntura y la electroterapia. La acupuntura, basada en la inserción de agujas finas en puntos específicos del cuerpo, ha mostrado efectos positivos en la reducción del dolor neuropático (Vickers et al., 2012). Por su parte, la electroterapia, que utiliza impulsos eléctricos para aliviar el dolor, se utiliza para tratar el dolor musculoesquelético y mejorar la movilidad.
El mindfulness o atención plena es otra terapia psicológica que ha demostrado ser efectiva. Técnicas como la meditación y la respiración profunda ayudan a reducir el estrés, lo que a su vez alivia el dolor y mejora la calidad de vida en personas mayores (Garland et al., 2014).
Estas terapias ofrecen alternativas valiosas para mejorar el bienestar físico y emocional, sin los riesgos asociados con el uso prolongado de medicamentos.
Terapias psicológicas
Las terapias psicológicas juegan un papel fundamental en el tratamiento del dolor crónico, especialmente cuando el dolor se acompaña de aspectos emocionales como la ansiedad, la depresión o el estrés. Estas terapias no solo ayudan a reducir la percepción del dolor, sino que también mejoran la calidad de vida de las personas mayores.
La terapia cognitivo-conductual (TCC) es una de las intervenciones más efectivas. Esta terapia se centra en cambiar los pensamientos y comportamientos negativos asociados al dolor. Según Vlaeyen y Linton (2016), la TCC puede ayudar a las personas a reducir el miedo al dolor y a aumentar el control sobre sus emociones. También les enseña estrategias de afrontamiento que les permiten manejar mejor el malestar físico y emocional.
La terapia de aceptación y compromiso (ACT) es otra opción. En lugar de luchar contra el dolor, ACT se centra en aceptar el dolor como una parte de la experiencia humana y vivir de acuerdo con los valores personales. Según Hayes et al. (2011), esta terapia permite a los pacientes reducir la sufrimiento asociado al dolor crónico, al enfocarse en lo que aún pueden disfrutar y lograr, a pesar del malestar físico.
Además, las técnicas de relajación, como la respiración profunda, la meditación o el mindfulness, han mostrado ser altamente efectivas en la reducción del estrés y el dolor. Estas prácticas ayudan a disminuir la tensión muscular y a modificar la respuesta emocional al dolor (Garland et al., 2014).
Finalmente, el apoyo psicológico es esencial. Las personas mayores que padecen dolor crónico pueden beneficiarse enormemente de un espacio donde puedan expresar sus emociones y encontrar comprensión. Esto facilita la resiliencia emocional y permite que el dolor no controle su vida.
Enfoque integral
El tratamiento del dolor crónico en personas mayores no debe limitarse solo a los tratamientos farmacológicos o las terapias físicas y psicológicas. Un enfoque integral, que considere todos los aspectos de la persona, es crucial para alcanzar una mejora sustancial en la calidad de vida.
Este enfoque implica combinación de estrategias, no solo médicas, sino también sociales, emocionales y psicológicas. Según Gatchel et al. (2007), un tratamiento eficaz debe abordar no solo el dolor físico, sino también el impacto emocional, las creencias del paciente y su contexto social. Es decir, tratar al paciente como un todo.
El apoyo social juega un papel clave en este enfoque. Las personas mayores que reciben apoyo de familiares, amigos y grupos sociales tienen mejores resultados en el manejo del dolor (Smith et al., 2020). Este apoyo no solo reduce el aislamiento, sino que también puede motivar a las personas a seguir tratamientos y a mantener una vida activa y funcional.
Además, la educación sobre el dolor es una parte esencial de este enfoque. Informar al paciente sobre su dolor, sus causas y opciones de tratamiento le da más control sobre su situación. Esto puede disminuir la ansiedad relacionada con el dolor y promover una actitud positiva hacia el tratamiento (Sullivan et al., 2015).
Finalmente, la coordinación entre profesionales de la salud es crucial. Médicos, psicólogos, fisioterapeutas y trabajadores sociales deben trabajar juntos para crear un plan de tratamiento personalizado que tenga en cuenta las necesidades físicas, emocionales y sociales del paciente.
Un enfoque integral no solo mejora el manejo del dolor, sino que también ayuda a las personas mayores a vivir con dignidad y autonomía, a pesar de su dolor crónico.
Conclusión
El dolor crónico en personas mayores es un desafío complejo que no solo afecta la salud física, sino también el bienestar emocional, social y la calidad de vida. Para tratarlo de manera efectiva, es necesario adoptar un enfoque integral que no solo se concentre en aliviar el dolor, sino también en mejorar todos los aspectos que componen la vida de la persona.
La prevención del dolor crónico juega un papel fundamental. Adoptar hábitos de vida saludables, como realizar ejercicio regularmente y mantener una alimentación equilibrada, es esencial para evitar que el dolor se convierta en un problema persistente. La educación sobre el autocuidado y la importancia de evitar el sedentarismo son claves para prevenir la aparición de dolor crónico, permitiendo a las personas mayores vivir con mayor autonomía y menor sufrimiento.
Sin embargo, el dolor crónico no solo se siente en el cuerpo. Afecta profundamente la vida cotidiana de quienes lo padecen, limitando su capacidad para participar en actividades sociales, trabajar y disfrutar de sus rutinas diarias. Este impacto emocional y social es tan significativo como el físico, lo que hace indispensable un enfoque que considere tanto el bienestar emocional como las necesidades físicas. El apoyo emocional y social de la familia y los amigos es vital para mitigar los efectos negativos del dolor y reducir el riesgo de aislamiento.
Los avances en la investigación también están cambiando la manera de tratar el dolor crónico. Nuevas terapias farmacológicas y no farmacológicas están abriendo posibilidades que mejoran la calidad de vida de las personas mayores, permitiéndoles manejar el dolor de manera más efectiva y con menos efectos secundarios. Además, tecnologías emergentes, como la neuroestimulación, están mostrando resultados prometedores en el tratamiento del dolor crónico.
Finalmente, el papel de la familia no puede subestimarse. Los seres queridos son fundamentales para apoyar a las personas mayores en el tratamiento del dolor, ofreciendo apoyo emocional, ayuda en la adherencia a los tratamientos y acompañamiento en las terapias. Este soporte es esencial para que la persona no solo enfrente el dolor, sino que también pueda mantener una vida lo más activa y plena posible.
En resumen, el tratamiento del dolor crónico debe ser integral y multidimensional, abarcando desde la prevención hasta el apoyo social, las terapias innovadoras y el cuidado familiar. Solo así se puede asegurar una mejor calidad de vida para las personas mayores que enfrentan esta condición, permitiéndoles vivir con dignidad, independencia y bienestar.
Bibliografía
Gatchel, R. J., Peng, Y. B., Peters, M. L., Fuchs, P. N., & Turk, D. C. (2007). The biopsychosocial approach to chronic pain: Scientific advances and future directions. Psychological Bulletin, 133(4), 581–624.
Herr, K., Bjoro, K., & Decker, S. (2011). Tools for assessment of pain in nonverbal older adults with dementia: A state-of-the-science review. Journal of Pain and Symptom Management, 40(2), 230–252.
Referencia de la fotografía: Brojomnick. (n.d.). Dolor crónico en adultos mayores. Unsplash. Recuperado el 5 de mayo de 2025, de https://unsplash.com/es/@brojomnick