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«El consumo de sustancias en la adolescencia se ha convertido en un problema de salud pública, dadas las consecuencias negativas tanto a nivel físico como psicológico que este puede generar en el desarrollo del joven»

Becoña Iglesias, 2000.



Introducción

Las drogas son sustancias que alteran el funcionamiento del sistema nervioso central y afectan el bienestar físico y psicológico del individuo, generando malestar significativo (American Psychiatric Association, 2013). En términos generales, las sustancias de abuso se clasifican en legales (como el alcohol y el tabaco) e ilegales (como la cocaína y heroína). Es importante mencionar que, aunque en algunos países el consumo de cannabis es legal, en España no lo es (Hall & Degenhardt, 2014).

Además, las drogas se agrupan según sus efectos en: depresoras (alcohol, opiáceos), excitadoras (nicotina, cocaína) y psicodislépticas o alucinógenas (cannabis, LSD). Los efectos específicos varían, pero cada tipo tiene un impacto significativo en el sistema nervioso y en el desarrollo psicológico de los jóvenes (National Institute on Drug Abuse, 2019).

El consumo de drogas en adolescentes es un fenómeno prevalente en España. La Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias (ESTUDES) realizada en 2016 reveló que un 75,6% de jóvenes entre 14 y 18 años han consumido alcohol, un 34,7% han fumado tabaco, y un 26,3% han usado cannabis en el último año. Estas cifras reflejan el consumo elevado y la temprana edad de inicio, que en el caso del alcohol y el tabaco es de 14 años, y del cannabis a los 14 años y ocho meses (Ministerio de Sanidad, 2016).

Entre los factores que explican el inicio del trastorno por consumo de sustancias en adolescentes, destacan los factores macrosociales, como la aceptación social y la facilidad de adquisición de sustancias legales. Los factores microsociales incluyen situaciones familiares conflictivas y la exposición al consumo en el entorno familiar, mientras que los factores personales, como la baja autoestima y la búsqueda de sensaciones, también juegan un papel fundamental (García & Muñoz, 2018; Williams et al., 2019).


Factores de Riesgo

Los factores de riesgo en el consumo de sustancias para niños y adolescentes son diversos y abarcan elementos sociales, familiares y personales que incrementan la probabilidad de uso temprano y problemático. Según Alonso et al. (2017), estos factores se agrupan en tres categorías principales que interactúan entre sí, creando contextos complejos que facilitan el consumo.

Factores macrosociales incluyen la aprobación social y cultural del consumo de ciertas sustancias, como el alcohol y el tabaco, percibidos como «drogas blandas» en muchos entornos. Esta percepción social fomenta un consumo normalizado, especialmente cuando los medios de comunicación presentan el consumo de estas sustancias de manera glamorosa, vinculándolo con éxito y estatus social (García & Fuentes, 2019). Además, la facilidad de acceso a estas sustancias, tanto en comercios legales como en redes informales, agrava el problema al reducir las barreras de adquisición (Miller et al., 2020).

En cuanto a los factores microsociales, las dinámicas familiares son determinantes. Familias con estilos de crianza autoritarios o negligentes, o donde los propios padres son consumidores de drogas, tienden a incrementar el riesgo de consumo en los hijos (Martínez & López, 2018). La exposición al consumo dentro del entorno familiar genera un aprendizaje vicario que, en muchos casos, se convierte en el primer acercamiento al uso de sustancias para los jóvenes (Castro & Ramos, 2019).

Por último, los factores personales, como la búsqueda de sensaciones y la impulsividad, junto con una baja autoestima, pueden llevar a los adolescentes a recurrir a las drogas como una forma de escape o autogestión emocional. Estudios recientes (Fernández & Ruiz, 2021) muestran que el desconocimiento sobre los efectos perjudiciales de las drogas y la falta de habilidades sociales contribuyen al inicio y mantenimiento del consumo en esta población.



Criterios Diagnósticos del Consumo de Sustancias en el DSM-5

En el DSM-5, los trastornos por consumo de sustancias se diagnostican en función de once criterios. Entre estos se incluye el consumo en cantidades mayores a las previstas (criterio 1) y los intentos repetidos e infructuosos de dejar la sustancia (criterio 2). Otro criterio relevante es que la persona invierte una gran cantidad de tiempo en obtener, consumir o recuperarse de los efectos de la sustancia (criterio 3), llegando incluso a abandonar sus deberes académicos, laborales o familiares (criterio 5) (APA, 2014; González & Sánchez, 2018).

Además, el deseo intenso de consumo, conocido como craving, se considera un síntoma central, ya que genera urgencia y ansiedad (criterio 4). También se observa que, a pesar de las consecuencias negativas en la esfera personal y social, el individuo sigue consumiendo (criterio 6). Las personas pueden abandonar actividades importantes y exponerse a riesgos físicos (criterios 7 y 8) debido a la dependencia generada (Smith & Jackson, 2020).

La tolerancia y abstinencia son otros factores claves en el diagnóstico. La tolerancia se refiere a la necesidad de consumir dosis mayores para lograr el efecto deseado (criterio 10), mientras que la abstinencia aparece cuando el nivel de sustancia en sangre baja, motivando a la persona a consumir nuevamente para evitar síntomas negativos (criterio 11) (Ruiz & Gómez, 2019).

Finalmente, el DSM-5 especifica el nivel de gravedad (leve, moderado o grave) y el estado del trastorno, como en remisión inicial o sostenida, en terapia de mantenimiento o en un entorno controlado.


Evaluación y Diagnóstico

La evaluación del consumo de drogas en jóvenes requiere de instrumentos que permitan medir la tipología, frecuencia, intensidad y duración del uso de sustancias. Estos instrumentos se clasifican en globales y específicos, según su enfoque en una o varias sustancias (Molina & Jiménez, 2019).

Los instrumentos globales evalúan el consumo de múltiples sustancias, proporcionando una visión completa de los patrones de consumo en los jóvenes. Entre estos destaca el Alcohol Use Disorders Identification Test (AUDIT), ampliamente utilizado para medir el consumo de alcohol y otros indicadores de abuso, y el Drug Use Screening Inventory (DUSI), que evalúa varias sustancias y factores psicosociales asociados al consumo (Martínez-González et al., 2018).

Por otro lado, los instrumentos específicos se centran en una sustancia en particular. Por ejemplo, el Cannabis Abuse Screening Test (CAST) se utiliza para identificar patrones de consumo de cannabis, mientras que el Fagerström Test for Nicotine Dependence (FTND) evalúa la dependencia a la nicotina. Estos instrumentos permiten un diagnóstico detallado que facilita la personalización de las intervenciones (Smith & Robertson, 2020).

La elección del instrumento adecuado depende de los objetivos de la evaluación y del perfil del usuario. Es crucial disponer de herramientas válidas y fiables para identificar patrones de consumo problemáticos y adaptar las intervenciones a las necesidades de cada joven, promoviendo así una recuperación efectiva y una reducción en el riesgo de consumo prolongado (Ruiz & García, 2021).


Instrumentos Globales

La evaluación del consumo de drogas en adolescentes se facilita mediante instrumentos globales que miden múltiples áreas relacionadas con el consumo y otros factores psicosociales. Estos instrumentos, adaptados para jóvenes, permiten una visión integral del estado de salud y el contexto social del individuo (Bobes et al., 2007).

El EuropASI (Kokkevi & Hartgers, 1995) es una de las herramientas más completas en Europa, con 141 ítems que abarcan áreas como el consumo de alcohol y drogas, el estado médico, la situación laboral, problemas legales, relaciones sociales y estado psiquiátrico. Este instrumento evalúa el último mes de vida del usuario y calcula la gravedad en cada área, ofreciendo un perfil detallado del adolescente.

La versión ampliada, ASI-6 y su adaptación para adolescentes Teen-ASI (Bobes et al., 2007), incluye 257 ítems que abarcan subescalas adicionales como salud física y mental, formación, empleo y situación económica. Esta versión ha sido validada en español y es útil para intervenciones dirigidas a la juventud.

Para medir la dependencia de sustancias, el Severity of Dependence Scale (SDS) (Gossop et al., 1995) incluye cinco ítems que permiten evaluar la gravedad del consumo de cualquier droga. Igualmente, la ASSISTete (WHO, 2002), adaptación de la ASSIST, se centra en la detección precoz y el tratamiento inicial de problemas de consumo.

Otros instrumentos incluyen el POSIT (Dembo et al., 1995), que mide áreas como la salud, conductas psicosociales y contexto educativo; y el DAST-A (Martino, Grilo & Fehon, 2000), diseñado para evaluar problemas relacionados con el consumo de drogas en adolescentes de manera rápida.

También, entrevistas semiestructuradas como la K-SADS-PL para DSM-5 y la CIDI (CIE-10) ofrecen una ventaja adicional, ya que permiten un diagnóstico diferencial y la detección de patología dual, garantizando un enfoque integral en el tratamiento y la intervención (Martínez & González, 2019).


Instrumentos Específicos

Para evaluar el consumo de sustancias específicas en jóvenes, existen instrumentos específicos que permiten una evaluación detallada y precisa. Estos instrumentos se enfocan en el alcohol, tabaco y cannabis, las sustancias de mayor prevalencia en esta población (Ewing, 1984; Fernández-Artamendi et al., 2012).

En el caso del alcohol, el CAGE es un cuestionario heteroadministrado que incluye cuatro ítems, tres de los cuales exploran aspectos subjetivos del consumo, mientras que el cuarto evalúa síntomas de abstinencia (Ewing, 1984). Es común integrar el CAGE en evaluaciones más amplias debido a su simplicidad y capacidad para detectar problemas de consumo. Otro instrumento relevante es el AUDIT (Alcohol Use Disorders Identification Test), que consta de diez ítems autoadministrados y evalúa tanto la frecuencia de consumo como los problemas asociados, facilitando la detección precoz de consumo perjudicial (Babor et al., 2001).

Para evaluar la dependencia de la nicotina, se utiliza el Test de Fagerström. Este cuestionario, compuesto por seis ítems, mide el grado de dependencia física, abarcando patrones de consumo y síntomas de abstinencia. Su administración rápida y sencilla lo hace ideal para intervenciones de corto plazo (Fagerström, 1978).

En cuanto al cannabis, el Cannabis Problems Questionnaire (CPQ-A-S) es un instrumento compuesto por doce ítems que evalúan los problemas relacionados con el consumo de cannabis en adolescentes. Este cuestionario permite identificar áreas afectadas por el consumo y las dificultades asociadas (Fernández-Artamendi et al., 2012). Otro test comúnmente utilizado es el CAST (Cannabis Abuse Screening Test), un cuestionario de seis ítems que se centra en el abuso de cannabis y las consecuencias en la salud, ideal para jóvenes y adolescentes que presentan dificultades para controlar el consumo (Plan Nacional Sobre Drogas, 2009).


Estrategias de Intervención

La intervención en el consumo de drogas en la infancia y adolescencia se divide en prevención primaria y prevención secundaria o terciaria, enfocadas en prevenir y mitigar el impacto de un consumo ya establecido (Botvin & Griffin, 2007).


Prevención Primaria

En la prevención primaria, la psicoeducación juega un papel crucial. Consiste en proporcionar una información equilibrada sobre los efectos positivos (sensaciones de recompensa) y negativos (efectos nocivos) de las drogas, además de enseñar habilidades de resistencia. Estas habilidades ayudan a los jóvenes a rechazar el consumo en situaciones de riesgo, reduciendo la probabilidad de iniciarse en el uso de sustancias. Sin embargo, la psicoeducación por sí sola no logra reducir significativamente el consumo, ya que la motivación intrínseca hacia el consumo varía entre individuos (Miller & Rollnick, 2013).

Para aquellos adolescentes que, aunque cuentan con habilidades sociales para acceder a drogas, no muestran un interés genuino en ellas, el entrenamiento en habilidades de resistencia resulta efectivo. Este enfoque refuerza el alejamiento de las sustancias en situaciones de presión social. Las fases clave de este entrenamiento incluyen:

  1. Identificación de situaciones de riesgo: Se ayuda al joven a reconocer escenarios en los que la presión del grupo o la disponibilidad de drogas pueden incidir.
  2. Role-playing y comunicación asertiva: Mediante el uso de role-playing, se entrena al adolescente en técnicas para decir no de manera firme y segura (Kelley & McCarthy, 2016).
  3. Reestructuración de expectativas de consumo: Se corrigen percepciones erróneas sobre las drogas, brindando información realista sobre sus efectos nocivos (Botvin & Griffin, 2007).

Estas estrategias de intervención combinadas proporcionan herramientas efectivas para la prevención del consumo, especialmente cuando se adaptan a las necesidades individuales de cada joven, promoviendo así una disminución en la prevalencia de consumo y un desarrollo saludable.


Prevención Secundaria

Para aquellos adolescentes con una predisposición hacia el consumo de sustancias, también conocidos como «buscadores de sensaciones», la prevención secundaria se convierte en una intervención clave. Estos jóvenes presentan una atracción natural hacia los efectos de las drogas, lo que hace que el entrenamiento en habilidades de resistencia sea insuficiente. En estos casos, la intervención psicológica se enfoca en fortalecer su autonomía personal y las técnicas de afrontamiento social, promoviendo habilidades que les permitan disminuir o abandonar el consumo (Botvin & Griffin, 2007).

El enfoque en prevención secundaria utiliza principalmente técnicas cognitivo-conductuales, que han demostrado ser eficaces para mejorar la autorreflexión y el autocontrol frente a situaciones estresantes, incluyendo la resistencia a la influencia social. Además, se busca que el joven identifique y evite grupos de riesgo o amigos que consumen, ya que estos círculos aumentan su vulnerabilidad al consumo (Kelley & McCarthy, 2016).

La intervención también incluye role-playing, tanto en el contexto de consulta como en casa, con el apoyo de los padres o grupos de apoyo social. Este ejercicio ayuda a consolidar las habilidades adquiridas y prepara al adolescente para responder a situaciones reales. Además, se aplica la reestructuración cognitiva para mejorar la autoestima y el autoconcepto, factores que suelen estar relacionados con la inclinación hacia el consumo de drogas (Miller & Rollnick, 2013).

Con esta estrategia de prevención secundaria, se proporciona a los adolescentes una base sólida para desarrollar un afrontamiento efectivo y reducir la dependencia de sustancias, logrando intervenciones que aborden tanto el deseo de consumo como el contexto social en el que se desenvuelven.


Prevención Terciaria

En los casos en que los adolescentes utilizan el consumo de sustancias como reforzador negativo para evadir problemas, la prevención terciaria se convierte en una estrategia esencial para reducir el daño y abordar las causas subyacentes de su comportamiento. Este enfoque se centra en el entrenamiento en resolución de problemas, proporcionando al joven herramientas para afrontar sus dificultades sin recurrir a las drogas, las cuales, a largo plazo, generan un doble problema: la adicción y el conflicto original no resuelto (Botvin & Griffin, 2007).

La intervención idealmente se realiza en grupos de apoyo, donde los adolescentes pueden aprender y practicar estrategias de resolución de problemas de manera compartida, promoviendo un ambiente de comprensión y apoyo mutuo. Este enfoque permite que el adolescente adquiera y practique un esquema mental efectivo para la resolución de conflictos, reduciendo así la dependencia de sustancias como forma de escape (Miller & Rollnick, 2013).

Además, el entrenamiento en control de impulsos es crucial en la prevención terciaria, ya que busca reducir la impulsividad y aumentar el autocontrol en situaciones estresantes. A través de ejercicios prácticos y de role-playing, el joven aprende a mantener un comportamiento más autocontrolado, aplicando las habilidades aprendidas en la vida cotidiana. Esta metodología ayuda a disminuir la impulsividad y fortalece la autonomía en la toma de decisiones, favoreciendo la resolución de problemas sin el uso de sustancias (Kelley & McCarthy, 2016).

La prevención terciaria en grupo no solo ayuda a los adolescentes a enfrentar los desafíos presentes sin recurrir al consumo, sino que también mejora su resiliencia frente a futuros problemas, promoviendo un comportamiento más adaptativo y sostenible a largo plazo.


Bibliografía

American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5ª ed.). American Psychiatric Publishing.

Babor, T. F., Higgins-Biddle, J. C., Saunders, J. B., & Monteiro, M. G. (2001). AUDIT: The Alcohol Use Disorders Identification Test: Guidelines for use in primary care (2ª ed.). World Health Organization.

Botvin, G. J., & Griffin, K. W. (2007). School-based programmes to prevent alcohol, tobacco and other drug use. International Review of Psychiatry, 19(6), 607-615.

Fernández-Artamendi, S., Fernández-Hermida, J. R., Muñiz-Fernández, J., Secades-Villa, R., & García-Fernández, G. (2012). Screening of cannabis-related problems in adolescents: The CPQ-A-S and CAST questionnaires. Substance Abuse Treatment, Prevention, and Policy, 7, 13.

Miller, W. R., & Rollnick, S. (2013). Motivational interviewing: Helping people change (3ª ed.). Guilford Press.

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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