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«Con Comte y el positivismo, las grandes explicaciones tuvieron que enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿En qué hechos se sostienen?».

  • Sáenz Castaño, Jagoba, 2026.

Auguste Comte y el positivismo: comprender la sociedad desde los hechos

¿Por qué buscar respuestas en fuerzas invisibles cuando podemos estudiar lo que ocurre a nuestro alrededor? Esta pregunta permite acercarnos al pensamiento de Auguste Comte, el filósofo francés que convirtió el conocimiento científico en el centro de su propuesta para comprender y organizar la sociedad.

Comte vivió en una Europa marcada por las consecuencias de la Revolución francesa y el avance de la industrialización. Ante aquellas transformaciones, quiso encontrar una base firme para la convivencia. Su respuesta fue el positivismo, una corriente que defendía el estudio de los fenómenos mediante la observación y la búsqueda de leyes que explicaran sus relaciones.

Además, contribuyó a establecer la sociología como un campo dedicado al estudio de la sociedad. Para él, conocer cómo funciona la vida colectiva debía servir para mejorarla. Sin embargo, su proyecto también plantea preguntas: ¿Hasta dónde puede llegar la ciencia al orientar nuestras decisiones? ¿Qué espacio queda para la libertad individual y las experiencias que no podemos medir?

Explorar a Comte supone adentrarse en esa confianza en el conocimiento, pero también examinar los límites de convertir el orden y el progreso en objetivos de toda una sociedad.


Auguste Comte y una época de transformaciones

Auguste Comte nació en Montpellier, Francia, en 1798, pocos años después del inicio de la Revolución francesa. Creció en una familia católica y monárquica, aunque durante su juventud se distanció de esas convicciones. Su formación coincidió con una pregunta que marcaría su trayectoria: ¿Cómo reconstruir la convivencia cuando las antiguas autoridades han perdido su legitimidad?

En 1814 ingresó en la Escuela Politécnica de París, una institución centrada en la formación científica. Allí reforzó su interés por las matemáticas y las ciencias. Sin embargo, su preocupación acabaría extendiéndose hacia un terreno más amplio: comprender las relaciones humanas con un rigor comparable al empleado para estudiar la naturaleza.

Francia atravesaba entonces una etapa de fuertes tensiones. La caída de Napoleón en 1815 y la restauración de la monarquía mostraban que el futuro político seguía abierto. Al mismo tiempo, la industrialización transformaba el trabajo y la vida urbana. Las fábricas, el crecimiento de las ciudades y los conflictos entre grupos sociales exigían nuevas explicaciones.

En 1817 comenzó a colaborar con Henri de Saint-Simon, quien defendía reorganizar la sociedad concediendo un papel destacado a científicos e industriales. Esta relación contribuyó a orientar sus inquietudes hacia la reforma social. No obstante, ambos rompieron en 1824 por desacuerdos intelectuales y disputas sobre el reconocimiento de sus aportaciones.

A partir de entonces, Comte desarrolló su propio proyecto filosófico. Consideraba insuficiente recuperar el pasado, pero también desconfiaba de una transformación política sin principios compartidos. Por eso buscó una base de conocimiento que pudiera sostener una organización social duradera.

Su filosofía nació de esa tensión entre cambio y estabilidad. Antes de formular el positivismo como un sistema, Comte intentaba responder a un problema concreto de su época: cómo construir acuerdos colectivos después de décadas de revoluciones, enfrentamientos y cambios de régimen.


¿Qué es el positivismo?

El positivismo de Comte sostiene que el conocimiento debe apoyarse en la observación y en el estudio de los fenómenos. Su propósito consiste en descubrir relaciones regulares entre los acontecimientos, en lugar de buscar causas últimas que no podemos comprobar. Así, la pregunta central deja de ser qué esencia oculta gobierna el mundo y pasa a ser cómo funciona aquello que podemos investigar.

Pensemos en un eclipse solar. Una explicación sobrenatural podría atribuirlo a la intervención de una divinidad. En cambio, una explicación científica estudia las posiciones y los movimientos del Sol, la Luna y la Tierra. Este conocimiento permite comprender el fenómeno y anticipar cuándo volverá a producirse.

Sin embargo, observar no significa acumular datos sin una orientación. Para Comte, los hechos necesitan un marco teórico que permita relacionarlos. La ciencia avanza cuando conecta observaciones, identifica regularidades y formula explicaciones que pueden contrastarse con la experiencia.

Además, la palabra «positivo» no equivale aquí a mantener una actitud alegre. En su Discurso sobre el espíritu positivo, publicado en 1844, Comte la vincula con lo real, útil, cierto, preciso y constructivo. Su propuesta busca un conocimiento capaz de orientar la acción y contribuir a la organización social.

Esto tampoco significa que todo deba estudiarse mediante experimentos de laboratorio. Comte reconoce que cada ciencia necesita procedimientos adecuados a sus fenómenos. Por ejemplo, el estudio de la sociedad requiere también comparación y análisis histórico.

El positivismo expresa, por tanto, una confianza en la capacidad humana para comprender relaciones y actuar sobre ellas. No promete responder cualquier pregunta imaginable. Delimita el conocimiento científico a lo investigable y rechaza las explicaciones absolutas. La dificultad aparece cuando esa confianza se extiende a decidir cómo debemos vivir, porque conocer los hechos no resuelve por sí solo qué objetivos merecen perseguirse.


La ley de los tres estados

Comte propuso que el pensamiento humano atraviesa tres estados: teológico, metafísico y positivo. Con esta secuencia intentó explicar cómo cambian nuestras formas de interpretar la realidad. No se refería únicamente al aprendizaje individual, sino también al desarrollo histórico de las distintas ramas del conocimiento.

En el estado teológico, los fenómenos se explican mediante seres sobrenaturales dotados de voluntad. Por ejemplo, atribuir una tormenta a la ira de un dios permite interpretar lo ocurrido como resultado de una intención. Comte distinguió dentro de este estado el fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo.

En el estado metafísico, las divinidades dejan paso a entidades abstractas que supuestamente explican los acontecimientos. Decir que una sociedad cambia porque actúa en ella una «fuerza del progreso», sin aclarar sus mecanismos, ilustra este tipo de explicación. Para Comte, esta etapa funciona como una transición: cuestiona las antiguas creencias, pero todavía busca causas últimas.

Finalmente, en el estado positivo, la investigación se concentra en las relaciones observables entre fenómenos. Ante una epidemia, por ejemplo, se estudian los patrones de transmisión y las condiciones que favorecen el contagio. El objetivo consiste en explicar procesos y establecer regularidades, sin pretender descubrir el propósito definitivo del universo.

Sin embargo, Comte no consideraba que todas las ciencias avanzaran simultáneamente. Según su esquema, la astronomía había alcanzado antes el estado positivo, mientras que el estudio de la sociedad todavía necesitaba consolidarlo.

La principal dificultad de esta ley está en presentar una trayectoria universal del pensamiento. Las explicaciones científicas, religiosas y filosóficas pueden coexistir en una misma época e incluso en una misma persona. Además, clasificar culturas enteras como etapas anteriores puede convertir una interpretación histórica en una jerarquía discutible. Su propuesta resulta útil para examinar cambios en las explicaciones, pero no debe confundirse con una ley histórica demostrada.


El Curso de filosofía positiva: organizar el conocimiento

El Curso de filosofía positiva, publicado en seis volúmenes entre 1830 y 1842, constituye la gran exposición del primer sistema de Comte. Su objetivo no era reunir todos los descubrimientos disponibles, sino mostrar cómo se relacionan las ciencias y qué lugar ocupa cada una dentro del conocimiento humano.

Comte estableció una secuencia formada por matemáticas, astronomía, física, química, biología y sociología. Este orden respondía a dos criterios: los fenómenos estudiados se vuelven progresivamente más complejos y menos generales. Además, cada ciencia necesita conocimientos anteriores, aunque desarrolla preguntas y métodos propios.

Las matemáticas aparecen al principio porque proporcionan herramientas para las demás disciplinas. Después, la astronomía estudia fenómenos que Comte consideraba relativamente simples. La física y la química incorporan nuevas relaciones, mientras que la biología aborda la organización de los seres vivos.

La sociología ocupa el último lugar porque estudia una realidad especialmente compleja: las sociedades humanas. Comprenderlas exige considerar las condiciones de la vida, pero también las instituciones, las creencias y la historia. Por tanto, situarla al final no significa que sea secundaria, sino que depende de un recorrido científico previo.

Un ejemplo permite entender esta relación entre dependencia y autonomía. Para estudiar la respiración necesitamos conocimientos físicos y químicos. Sin embargo, describir el intercambio de gases no basta para explicar cómo funciona un organismo completo. Del mismo modo, conocer la biología humana no explica por sí solo una revolución política.

Con esta clasificación, Comte pretendía superar la fragmentación del saber. Le preocupaba que la especialización impidiera comprender las conexiones entre disciplinas.

Su propuesta conserva interés como intento de organizar el conocimiento. No obstante, esa jerarquía refleja las ciencias de su época. Las relaciones actuales entre genética, informática, psicología y neurociencia muestran cruces que difícilmente encajan en una única secuencia lineal y estable.


El nacimiento de la sociología

Comte contribuyó a establecer la sociología como una ciencia dedicada al estudio de la sociedad. Aunque antes de él otros pensadores habían analizado la vida colectiva, su propuesta buscaba integrar ese estudio en un sistema científico. Inicialmente utilizó la expresión «física social» y posteriormente adoptó el término «sociología».

Su punto de partida era que los acontecimientos sociales no debían explicarse únicamente mediante las intenciones de gobernantes o individuos destacados. También era necesario investigar las relaciones entre instituciones, costumbres, conocimientos y formas de organización. La sociedad constituía una realidad conectada, cuyas partes se influían mutuamente.

Para estudiarla, Comte destacó la observación, la comparación y el método histórico. Sin embargo, observar exigía una orientación teórica: registrar acontecimientos aislados no bastaba para comprender su significado. Por su parte, comparar sociedades permitía examinar diferencias y semejanzas en sus instituciones.

El análisis histórico ocupaba un lugar fundamental. Comte consideraba que una sociedad solo podía comprenderse atendiendo a su desarrollo anterior. Por ejemplo, estudiar la Francia posterior a 1789 requería conocer la monarquía, la influencia de la Iglesia y los cambios que habían debilitado el orden previo.

Además, reconocía dificultades para experimentar directamente con sociedades. Una crisis política o una ruptura institucional podían ofrecer oportunidades de análisis, pero no equivalían a un experimento controlado de laboratorio.

Su aportación principal fue defender que la vida social podía investigarse de manera sistemática. Esto abrió un programa intelectual que otros autores transformarían profundamente. Más adelante, Émile Durkheim desarrollaría su propio enfoque sobre los hechos sociales, sin limitarse a reproducir el sistema comtiano.

Aun así, conviene distinguir el proyecto de Comte de la sociología actual. Sus grandes leyes históricas respondían a una ambición filosófica amplia. La investigación sociológica posterior incorporó métodos, debates y evidencias que cuestionaron muchas de sus conclusiones sobre el desarrollo humano.


Orden y progreso: estabilidad y cambio social

Para Comte, una sociedad necesita estabilidad para desarrollarse y capacidad de transformación para mantenerse viva. Desde esta perspectiva, el orden y el progreso debían complementarse. Su preocupación consistía en comprender qué sostiene la convivencia y cómo puede cambiar sin desembocar en una desorganización permanente.

Para abordar estas cuestiones distinguió entre estática social y dinámica social. La primera estudia las condiciones que permiten la existencia de una sociedad y las relaciones entre sus componentes. La segunda analiza su desarrollo histórico. No se trata de dos sociedades diferentes, sino de dos formas de examinar una misma realidad.

Dentro de la estática social, Comte concedió importancia a la familia, la división del trabajo y las creencias compartidas. Consideraba que la cooperación requiere vínculos que conecten a las personas. Por ejemplo, una ciudad depende del trabajo coordinado de agricultores, transportistas, comerciantes y profesionales sanitarios, aunque muchos de ellos nunca lleguen a conocerse.

Sin embargo, esa interdependencia también plantea dificultades. La especialización puede separar intereses y debilitar la conciencia de pertenecer a una comunidad. Por eso, Comte buscaba un consenso moral e intelectual que ayudara a integrar las distintas funciones sociales.

La dinámica social, por su parte, relacionaba las transformaciones colectivas con el desarrollo del pensamiento. La ley de los tres estados ofrecía el esquema general para interpretar ese recorrido. Según Comte, la consolidación del conocimiento positivo permitiría superar la crisis de las antiguas autoridades.

El problema aparece al preguntar quién establece ese consenso y qué ocurre con quienes discrepan. Una organización estable puede facilitar la cooperación, pero también proteger jerarquías injustas.

La tensión entre orden y libertad atraviesa así su propuesta. Comprender la necesidad de acuerdos compartidos resulta valioso; convertirlos en principios incuestionables puede cerrar el espacio para la crítica y para cambios sociales que también sean necesarios.


La religión de la Humanidad: el giro del último Comte

En su etapa final, Comte propuso una religión centrada en la Humanidad, sin recurrir a un dios sobrenatural. Este proyecto puede parecer sorprendente en un defensor del conocimiento científico. Sin embargo, respondía a una preocupación constante: cómo construir vínculos compartidos cuando las creencias tradicionales pierden su autoridad.

Comte consideraba que la ciencia podía explicar fenómenos, pero no bastaba para despertar afectos ni sostener la cooperación. Por eso concedió un protagonismo creciente a los sentimientos. Su relación con Clotilde de Vaux, fallecida en 1846, influyó en esa orientación emocional y moral, aunque su evolución intelectual no puede reducirse a este vínculo.

En el Sistema de política positiva, publicado en cuatro volúmenes entre 1851 y 1854, desarrolló esta propuesta. La Humanidad aparecía como una continuidad entre generaciones: recibimos conocimientos, instituciones y cuidados de quienes nos precedieron, mientras nuestras acciones afectan a quienes vendrán después.

Su religión incluía ceremonias, un calendario y una autoridad espiritual positivista. Por ejemplo, el calendario dedicaba sus meses a figuras históricas como Aristóteles, Gutenberg o Descartes. El propósito era ofrecer referencias comunes y expresar gratitud hacia las contribuciones humanas.

Además, Comte acuñó el término «altruismo» para destacar la orientación hacia los demás. Su ideal moral daba prioridad a los sentimientos sociales frente al predominio del interés personal. Vivir para otros se convirtió en una fórmula central de esta etapa.

No obstante, esa organización planteaba tensiones. Sustituir las autoridades religiosas anteriores por una nueva dirección espiritual podía conservar estructuras jerárquicas y limitar la autonomía individual.

El último Comte muestra que su positivismo fue también un proyecto moral y político. Su intento de integrar conocimiento y afectividad aborda una cuestión relevante: necesitamos comprender el mundo, pero también encontrar motivos para cuidarnos y cooperar. La controversia reside en convertir esa necesidad en un sistema obligatorio.


La influencia de Comte y el positivismo

La influencia de Comte se extendió más allá de la filosofía y alcanzó la educación, la política y el estudio de la sociedad. Su confianza en el conocimiento científico ofrecía una referencia para quienes buscaban modernizar las instituciones. Sin embargo, esa recepción adoptó formas diferentes según las circunstancias de cada país.

El ejemplo más visible aparece en Brasil. La bandera republicana, adoptada en 1889, incorpora el lema «Ordem e Progresso», inspirado en el pensamiento comtiano. Raimundo Teixeira Mendes, uno de sus diseñadores, fue un destacado representante del positivismo brasileño. La inscripción muestra cómo una propuesta filosófica pudo convertirse en un símbolo nacional.

No obstante, esa presencia no significa que Brasil aplicara íntegramente el sistema de Comte. Los movimientos políticos seleccionaron y adaptaron sus ideas. El orden, la educación científica y la reorganización institucional podían recibir interpretaciones distintas, incluso entre personas que se identificaban como positivistas.

En el ámbito intelectual, John Stuart Mill contribuyó a difundir y discutir su pensamiento. Aunque valoró aspectos de su filosofía de la ciencia, criticó las tendencias autoritarias de su proyecto posterior. Esta relación demuestra que recibir una influencia no exige aceptar todas sus consecuencias.

También conviene distinguir el positivismo de Comte del positivismo lógico, desarrollado durante el siglo XX alrededor del Círculo de Viena. Ambos concedieron importancia a la ciencia y cuestionaron la metafísica, pero sus objetivos y herramientas fueron diferentes. El segundo otorgó un papel central al análisis lógico del lenguaje científico.

Por tanto, hablar de positivismo requiere precisar a qué corriente nos referimos. No existe una doctrina uniforme que conecte automáticamente todas sus variantes.

El legado de Comte reside tanto en sus propuestas como en las discusiones que provocaron. Su ambición de relacionar conocimiento y organización social dejó abierta una pregunta: qué autoridad debe tener la ciencia en nuestras decisiones colectivas.


Las críticas al positivismo de Comte

Una de las principales críticas a Comte es la distancia entre su defensa del conocimiento científico y la rigidez de su proyecto social. Aunque exigía abandonar las explicaciones absolutas, presentó una trayectoria del desarrollo humano que resulta difícil sostener como una ley universal.

Su clasificación de los estados teológico, metafísico y positivo sitúa determinadas formas de pensamiento por encima de otras. Sin embargo, las sociedades no recorren necesariamente un mismo camino. Además, el conocimiento científico puede coexistir con creencias religiosas y reflexiones filosóficas sin que esa convivencia represente una etapa incompleta.

Otra dificultad aparece en su concepción de la autoridad. Comte otorgaba a una élite intelectual y moral un papel dirigente, especialmente en su obra tardía. Esto plantea una pregunta: ¿Quién controla a quienes afirman conocer el orden adecuado para todos? La competencia científica no garantiza imparcialidad ni concede, por sí sola, legitimidad política.

Su modelo también mantenía una distribución desigual de las funciones entre hombres y mujeres. Aunque atribuía a las mujeres una superioridad afectiva y moral, las vinculaba principalmente con el ámbito doméstico. Idealizar su capacidad de cuidado no eliminaba su subordinación, sino que contribuía a justificar la limitación de su participación pública.

Asimismo, conocer cómo funciona una sociedad no determina automáticamente cómo debería organizarse. Una investigación puede describir desigualdades económicas, pero decidir cuáles son aceptables exige argumentos éticos y deliberación colectiva.

Estas objeciones no obligan a rechazar la observación, la comparación o el estudio histórico. Cuestionan el salto desde esas herramientas hasta un sistema cerrado de convivencia.

El problema surge cuando la confianza en la ciencia se convierte en confianza ilimitada en quienes hablan en su nombre. La investigación necesita crítica, revisión y apertura; una organización social que impida discutir sus principios corre el riesgo de contradecir ese mismo espíritu.


Reflexión final: comprender los hechos y cuestionar nuestras certezas

Comte dejó una exigencia que sigue siendo valiosa: nuestras explicaciones deben responder ante los hechos. En una conversación cotidiana, una decisión política o una publicación en redes sociales, preguntar qué sostiene una afirmación puede ayudarnos a distinguir el conocimiento de la simple seguridad al hablar.

Sin embargo, su trayectoria también muestra que podemos cuestionar las certezas ajenas y construir después un sistema demasiado seguro de sí mismo. La confianza en la ciencia pierde parte de su sentido cuando deja de aceptar preguntas sobre sus métodos, sus conclusiones o los usos que hacemos de ella.

Pensemos en una decisión municipal sobre el transporte público. Los datos permiten conocer los tiempos de espera, los costes y los barrios con menos conexiones. Pero elegir qué necesidades atender primero requiere discutir prioridades. La información orienta la decisión; los valores ayudan a establecer sus fines.

Algo parecido ocurre con el progreso. Una sociedad puede aumentar su producción y desarrollar nuevas tecnologías mientras mantiene desigualdades o debilita sus vínculos comunitarios. Por eso, avanzar exige preguntarnos qué mejora, para quién y a costa de qué. Ningún indicador aislado responde a todas esas cuestiones.

También resulta relevante su preocupación por la cooperación. Dependemos del trabajo, los cuidados y los conocimientos de otras personas. Reconocer esa interdependencia puede fortalecer la responsabilidad compartida, siempre que no se convierta en una justificación para imponer una única forma de vivir.

Podemos conservar de Comte el esfuerzo por comprender, contrastar y relacionar el conocimiento con la vida colectiva. A la vez, necesitamos revisar sus jerarquías y mantener abierto el espacio de la discrepancia.

Quizá el aprendizaje más útil sea aplicar a nuestras propias convicciones el rigor que exigimos a las demás. Buscar hechos implica estar dispuestos a cambiar de opinión, incluso cuando lo que debemos revisar es nuestra idea del progreso.


Bibliografía

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Sáenz Castaño Jagoba

Graduado en Psicología, Master en Psicología Forense, Master en Psicología General Sanitaria

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